Buscar en este blog

sábado, junio 11, 2011

El discurso

Ese discurso fue en el último año de secundaria. Recién empezaban las clases y éramos jóvenes pero creíamos ser adultos. Como mucho, éramos, quizás y solo quizás, adultos incipientes. No sé si yo lo era del todo. Para ese entonces, era un personaje dentro de ese aula gris; el chico que sabía qué decir en los momentos de silencio expectante, el que iba a hablarle a las autoridades en cuanto surgía un problema a solucionar o un reclamo que oír pero que siempre supo llevar la empresa con tacto, el desencantado, incluso el existencialista. Pero más allá de cualquier cosa, de mí se decía que era el que decía las cosas. El que enfrentaba, el que expresaba su punto de vista.
Lo era. Era el que no se guardaba las palabras. Lo soy.

Lo que empecé a dudar, con el tiempo, fue del origen de mis puntos de vista. A medida que esa jaula fue quedando lejos, empecé a preguntarme por el título de propiedad de mis opiniones de ese momento, por el nacimiento de las mismas. Hay días en que me avergüenzo. Hay días en que quiero volver en el tiempo para aprender a callar en situaciones determinadas. Yo desconocía. Yo me posicionaba en un espacio que era eco y por lo tanto decir que me posicionaba estaba mal. Era -más bien- posicionado, por la vida, las circunstancias, por esa podrida ciudad y ese podrido espacio; las plegarias, la familia, la planicie de esas cabezas que se repetían como muñecos, como extras de una película, de esas personas sentadas alrededor callando o gritando o ardiendo de pasiones plantadas como semillas, enraizadas en el ser sin razón aparente más que la costumbre o la tradición.

Éramos la pelota rebotando, éramos la reproducción de las mismas voces vetustas que creían saber pero nada sabían, teníamos ese discurso de clase, esa idea imbécil del que solo se queda sentado mirando y creyendo ¡éramos crédulos creyentes, éramos fieles!. Ahí, como no podía ser de otra manera y a pesar de todas nuestras supuestas rebeldías y herejías, éramos fieles y creyentes. Y yo, exaltado, llevaba la bandera; encabezaba ese infierno de oro sin oro, de joyas sin joyas, de despojos abrillantados. Querer ser. Creer ser. Creer.

La mañana del discurso posiblemente no vaya a olvidarla. Desconozco la fecha, puedo decir abril. No estaba sentado en donde me correspondía o en donde acostumbraba, no sé exactamente la razón. Era en una de las filas del centro del aula, al fondo.

Nadie podía evitar hablar del tema que estaba instalado en el aire lleno de humo, en la televisión, la radio, la prensa. En todo aquello que se quebraba. El país hablaba de eso, el país de repente se dividía, para no perder la costumbre, en ese binarismo tan argentino como La Pampa que (no) tiene el ombú, como los hermanos sean unidos esa es la ley primera, la yerba y el agua para el mate, un buen asadito, los domingos en la cancha.

Unitarios o Federales, Peronistas o Radicales (aunque siempre me divirtió más la batalla Peronistas vs. Gorilas), , Boca o River, zurdos o fachos, Florida o Boedo y la lista es infinita. Ese año nuestro territorio sufría de un divorcio extremo, violento. La relación no había llegado a buenos términos, los hijos elegirían a la madre o al padre y al que dejaran de lado lo odiarían, no se podía ser gris ni neutro ni tibio. No se podía no ser.

Yo era pero no puedo asegurar haberlo elegido.

En la última hora teníamos clase de Literatura. El profesor entró como todas las mañanas con su saco y sus zapatillas, con la buena relación que mantenía con nosotros, saludó, propuso consignas de trabajo. No creo que se pueda, hoy por hoy, reconstruir la secuencia que puso al tema en la punta de todas nuestras lenguas ese día. Pudo haber sido una malintencionada pregunta (porque nosotros ya sabíamos que él estaba en la vereda opuesta a nosotros, imberbes polluelos) hecha por algún compañero, quizás hasta pudo haber abierto el debate el mismo profesor.

Todos en el curso empezaron a vomitar sus saberes inculcados, sus opiniones incrustadas. El profesor exponía los suyos, intentándonos hacer entender su punto de vista, pero por sobre todas las cosas, el porqué de su posición. En ese momento consideré que estaba muy errado y muy cegado. Hoy puedo seguir creyendo que su posición acarrea un poco de ceguera y otro poco de fanatismo. Sin embargo, no puedo seguir sosteniendo lo de errado: quizás no haya estado en lo cierto, pero nadie de ahí lo estaba. Nadie en ese momento tenía la verdad como nadie nunca la tiene. Sin embargo, estoy seguro de que su verdad era más fuerte que la nuestra: la había elegido, la había formado. Se había enamorado de ella. No era mera inyección.

Cuando varios ya hubieron discutido lo sufiente, levanté mi mano. Empecé a hablar y a envalentonarme, mis palabras desordenadas comenzaron a tomar forma y mi exposición a tornarse un discurso casi partidario, que yo creí apartidario por ser opuesto al del profesor.

Los ojos de todos se posaron en mí, de mi boca más y más fueron brotando palabras que no eran mías, con una prolija retórica y una triste convicción. Me acomodé la corbata, en un arrebato de pasión me puse de pie. Nuestras frases eran bombas que chocaban en el aire, él defendiendo su modelo, yo reproduciendo el de siempre. De mi lado tenía a todo el curso, de su lado solo estaba el oscuro pizarrón vacío.

Era una lucha desigual que terminó por agotarlo. Quizás no porque no tuviera argumentos válidos (o al menos útiles a los fines de la discusión) sino porque, creo ahora, entendió que estaba hablándole a seres que no lo oían. A personas que no podían comprenderlo porque nunca habían encontrado, como él, un espacio. No. Estaba frente a niños que se creían adultos por manejar una cierta cantidad de vocabulario que, en sus mentes, parecía interesante, inteligente, informado, independiente pero que, en realidad, solo bailoteaban alrededor de las llamas de la repetición histórica; eran como aquel que escucha las mismas canciones en el mismo sillón y las canta sin entender la letra.

Su silencio y su cambio de tema fue crucial: me sentí vencedor. Hoy me siento humillado, siento que fui un nene idiota que solo merecía ser ignorado.

Al terminar la hora mis compañeros me palmearon la espalda, me felicitaron. Incluso aquellos con los que poco hablaba me dirigieron palabras elogiosas. Era fácil engañarlos, supongo que debn seguir creyendo que lo mío fue una hazaña. Espero que no sea así.

El profesor pareció olvidar esa discusión al día siguiente, comprendió posiblemente que yo no sabía lo que hacía. Volví a verlo luego del egreso y siempre tuvo un trato cordial conmigo. Nunca volvimos a hablar del tema, ni de cualquier otro que involucrara al país, a la política.

Hoy por hoy llevamos adelante tareas idénticas en lugares diferentes. En lo ideológico no puedo decir que comparto exactamente sus posicionamientos, pero puedo decir que vivo revisando aquellos en los que yo estaba inmerso el día del discurso. Y también sé que me encuentro mucho más cercano a lo que él profesa y profesaba. Quizás los suyos no sean los métodos, quizás continúe esa ceguera en la que muchos se sumergen. Todo eso es factible. Pero yo estaba más errado que él.

Si lo viera de nuevo hoy, le pediría perdón o le daría una explicación, contándole todo lo que cambié, mis elecciones actuales (y propias, ahora propias), mis visiones y convicciones. Creo que me diría que siempre lo supo, que era solo cuestión de inmadurez y de mundos. Incluso podríamos tomar un café y discutir de nuevo otros temas. Y no importa quien termine por vencer (si es eso posible), no habrá diferencia. Va a ser válido, porque la convicción será equivalente, aunque no vaya a ser igual.



No hay comentarios.: