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miércoles, mayo 18, 2011

De turno

Fue en una tarde de domingo, lo puedo asegurar. Empezó a sudecer en una sobremesa por aquellos tiempos tan lejanos ya en los que -seguro- los colectivos verdes aún zigzagueaban en la avenida.
Yo era una persona que todavía creía en los entierros y en las segundas chances, vos estabas en un momento en que fervientemente confiabas en el poder de los remplazos y de la velocidad. Podría jurar que no era febrero pero jamás si era diciembre o enero, aunque sí recuerdo mi vieja casa, la torpeza con la que todos nos movíamos y mi teléfono sonando en la mesita de luz. Comprendí que antes había estado llamándome ella, cuando atendí oí acelerada tu voz y tus preguntas, tu necesidad de respuesta. Acudían a mí como si tuviera la certeza salvadora, la experiencia milagrosa, la salida del accidente, del error, del terror. Aún era María, todavía no era Judas e increíblemente mi presencia ofrecía una vía de escape. Pensaste y pensó en mí luego de aquel tenebroso instante, de aquel acto fallido y quizás resida aún hoy asombro en mí al pensarlo: allí en el medio surgió mi nombre como pueden surgir las palabras atolondradas ante una pregunta sorpresiva en el medio de la noche, entre los cuerpos abrazados y el pensamiento fusilado.
Me leíste una dirección, me preguntaste un par de cuestiones sobre el problema a solucionar. Te di un algunas respuestas apuradas, rescatadas de mi memoria, de mi cuerpo marcado por mis errores, por mi paranoia. Y repetiste la dirección, entonces te dije que sí, que conocía el lugar, que podía guiarte hasta él, que estaba a pocas cuadras de mi casa.
Prometí acompañarte y cortaste. Sólo entonces comprendí lo complejo de acomodar, en esa misma tarde dominical, tu salvación y mis planes, tu persona y el hombre al que engañaba con piadosas mentiras que negaban mi amistad con vos.
Tórrida tarde de domingo estival, las calles del pueblo vacías como correspondía imitaban el escenario de una película de terror, de apocalipsis.
Inventé alguna excusa para justificar mi ausencia, creo que dije algo sobre pastillas para tu mamá.
Salí por la esquina, sentí el sol partirme la mirada y comencé a correr lacerada por el calor, por la luz, por el desierto. Mi agitación iba en aumento y sin embargo, parecía no sentirla. Cuadras infinitas debajo del verano esperando chocar en algún momento con tu desesperación. Bajo el toldo de chapa de un quiosco cerrado nos encontramos. Crujía cada baldosa, cada persiana, las chicharras no paraban de cantar. Hay un abrazo que creo poder dar por sentado, mirarnos a los ojos y simplemente, volver a la carrera. La avenida pasaba alrededor nuestro como una ráfaga infernal, el celeste del cielo distaba del paraíso y nuestras palabras entrecortadas se evaporaban con el sudor y las piernas doloridas eran sedadas por el miedo y la adrenalina. Fueron cuadras, cuadras, cuadras y cuadras que terminaron en mi esquina y en las vías que, a metros, se dibujaban, horrorosas, entre la vibrante atmósfera de fuego.
- Está, de acá en línea recta, a tres cuadras.
Tu cara esbozó una mueca, un escalofrío. Hablamos sobre miedo, sobre abandono. Te dije que no te podía acompañar, el tiempo de mi aventura, la cuenta regresiva de mi juego estaba por vencerse. Te di las últimas indicaciones y me saludaste, quizás dijiste gracias, quizás prometimos volvernos a ver pronto. Y caminaste, o corriste y te perdiste en la serpentina del calor, del verde y del azul, en el polvo.
Entré a mi casa en silencio, la siesta invadía el lugar. Cuando luego escuché el timbre y encontré otro rostro ajeno al tuyo detrás de la reja respiré alegre de haber evadido las supeposiciones terribles. El resto de la tarde no importa, pero a partir de ese momento no hubo nada anterior, no hubo tarde de domingo corriendo por un pueblo abandonado ni tierra levantada ni chicharras gimiendo ni tampoco universos derritiéndose. Mi tarde se transformó en la elisión total de palabras, en un sobreentendido domingo como otros.
Días más tarde supe que les había salvado la vida.

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