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miércoles, abril 27, 2011

La chica de Medrano

El amor habita en los colectivos. Imprevisto, deslumbrante, soleado; el amor habita en todos y en cada uno de los colectivos que vaya a pisar alguna vez, la chica de Medrano. El instante en que subió nadie lo recuerda, pues yo no lo recuerdo y el resto que allí viajaba era nadie para mí, porque ya no los recuerdo -menos a ella- por lo tanto nadie puede decir que alguien recuerde el momento exacto en que la chica de Medrano subió al colectivo.
Ya no recuerdo tampoco como vestía -quizás de negro- pero puedo jurar que mis pupilas se dilataron al ver su figura encuadrada en la mañana brumosa de las ventanillas, al encontrarme con sus ojos ¿verdes? centelleando bajo el perfecto delineador y al descubrir en cada hebra de su corto pelo, la perfección en forma de viajero. Delgada como las espigas doradas de trigo (y dorada como ellas, también) no pude evitar reprocharme el haber perdido tiempo al no mirarla antes: ensimismada en vaya uno a saber qué texto de crítica literaria, valiosos minutos de viaje juntas fueron arrojados a la intempestiva inexistencia de los desencuentros. En cuanto caminó hacia mi asiento, soñé despierta con tenerla a mi lado, imaginé su perfume a violetas, a azahares y a jazmín. Su cuerpo de inocente primavera oscura se deslizó cerca de mí para sentarse unos asientos más atrás. ¡Vil destino, atroz designio, ella me rechazaba! Ignorada como en los abriles más blandos, solo pude conformarme con verla bajar en Medrano. Y bautizar con esa calle a su divina presencia, su fugaz existencia, su moderno anonimato, su eterna ausencia.

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