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miércoles, abril 06, 2011

de las cartas marcadas y las paredes de ladrillo en el mismo estado

Este abril, de repente no puedo saberlo, no lo sé, no recuerdo que decir. Sólo tengo la sensación chamuscada de esta mañana, de las compañías escritas en pretérito perfecto, de una persona que era como ayer y que no sabía que hace muchos ayeres (sabía, no lo recordaba) había leído esas palabras iniciáticas, ese viaje de juventud de ida literararia, ida ensangrentada, ida olvidada. Y fue más tarde pero no tanto, cuando al rememorar el pequeño episodio de la cotidaneidad pueblerina resurgió en mi mente la voz desdoblada de mí misma preguntando si hoy, si no había sido un seis, un jueves y un seis y entonces sí, ese año así fue, por lo tanto (se cae el paño rojo y tu nombre desprolijo amanece) hoy hace exactamente, hoy. Pero no importa, no sé por qué. recordé, ese día había sol (¿ese día había sol? sí, entraba a raudales por la ventana) y ya había pasado la hora de salida cuando puse el último punto, cuando una persona a mi lado (la misma que hoy caminó, etc.) lloró al comprender, lloró sin derramar mucha lágrima pero lloró y yo sólo lo recuperé hoy, por mera casualidad. Pero después estoy sentada (ya estamos en otro mundo, en otro ámbito, en otros ojos) y el ladrillo clama piedad; el ladrillo lacerado clama clemencia y clama amores y clama injurias y firmas encalladas en su ser, enredadas en sus estrías urbanas. El ladrillo, la palmera que crece sin que la rieguen porque llueve pero como llueve poco casi muere, las palabras que se borraron (¡pero alguna vez dijo eso, podría jurarlo, aunque ni desde lejos se pueda ver!), los ecos que ya no estallan contra las paredes de la galería a cielo abierto -una vez soñaste, eso no importa, pero soñaste con fuentes, laberintos, escaleras- y tampoco quedan a simple vista rastros de los médicos sorprendidas, de los besos de dientes de cristal y de roca, de las manos desaforadas, inocentes, pudorosas, atrevidas, equivocadas, desenfrendas, vacías. Se pueden ver uniformes escolares -no se pueden ver, sólo yo los veo- o camisas verdes, celestes, de color del agua. Se vislumbran solo entre mis pestañas los escalones recostados, los helados, la lluvia de la que solo podíamos refugiarnos en esa ciudad-hogarque era nuestra casa, nuestra nunca casa, nuestro nunca suelo, nuestro nunca techo. Ah, pero si entonces creo creer que ese no es el lugar, que estoy en otro espacio (porque lo estoy, después de todo) y que cada día habitamos un universo nuevo y el del día anterior se desechó, material radioactivo, material perdido, material basura basura planeta basural. Ah, pero si entonces... Entonces me dan un beso. Es que esperaba a alguien, por eso estaba ahí. No, no creas que (y etc. etc.), es que el ocio me hace pensar, lo sabés bien. Ah, estaba en la parte del beso. Sí, entonces me dab un beso y emprendemos camino. Fin de la transmisión.

1 comentario:

Reptile dijo...

La mejor forma de detener al ratón que gira en la ruedita de nuestros cerebros es con un beso, sí, sin dudas.