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jueves, marzo 17, 2011

Trasvasar

Hoy, primero de abril, despertaste y al rozar con las sábanas tu cuerpo, sentiste que entre tus piernas gruesas y vellosas había aflorado -erecta- la negación a tu pasado. Fue entonces cuando tuviste que asumir con certeza que todas las miradas extrañas que habías echado a tu reflejo, no habían sido meros espejismos paranoicos sino inexplicable realidad.

En tu memoria se dibujaban confusos los primeros pasos: no recordabas cuando había sido que Ismael te había contado al pasar que se conocían, te resultaba imposible asegurar si había sido por la mañana, por la tarde o por la noche. Estabas prácticamente segura de que tenía que haber sido mucho tiempo después de los primeros comentarios ambiguos: ese de la chica que decía habérselos confundido por el corte de cabello, ese del hombre siempre sin nombre que soltaba impunemente que Ismael era parecido a algún jugador de fútbol de moda (vos no pudiste dejar de jugar a los silogismos y si a entonces b y b entonces c, a entonces c; Ismael entonces él). Esas pequeñas e inocentes -después descubriste que una era una trampa, no viene al caso, no te desvíes- palabras habían sido sin lugar a dudas las fundacionales en la cuestión que te concernía. Dirías -muchas veces, solapadamente- que incluso habían sido fundacionales de tus nuevos apetitos y amores, pero no tenés ganas de jurarlo ahora como me lo juraste a mí un abril. Avanzaste en tus recuentos rápidamente hasta el día que no tiene fecha en tu cabeza para repasar una vez más la historia que te contó Ismael y que luego repetiste en silencio ad infinitum. Veías otra vez la habitación y las tres personas, el humo nublando tu vista y sus vistas, espesa niebla del demonio. Hablaban de algo sin importancia, de personas en común -siempre- pero no hablaban de vos. La primera vez que escuchaste ese cuento te convenciste de que el humo que él había exhalado lo había aspirado Ismael y que los pedazos de alma ahí se empezaron a intercambiar. Sin saber que estabas equivocada, viviste con esa culposa fantasía hasta el día en que se te ocurrió mirarte en el charco de agua de la parada del colectivo para notar tu pequeñísima nariz un tanto hinchada y desviada. Culpaste -no lo niegues- a las gafas de sol, a las picaduras de avispas. Te divirtió pensar -como te divertía pensar que él había poseído a Ismael y eso explicaba tu locura- que quizás te podías transformar en alguien que siempre te había sido esquivo, y que si eso llegaba a suceder ibas a poder ver con sus ojos y sentir con su corazón, pero por sobre todas las cosas recordar con su memoria y hacerte dueña de las explicaciones perdidas. Acariciaste un poco tu abultada naricita y te apartaste violentamente del cordón, casi te atropella un colectivo rojo, al que ascendiste con furia pero sin perder la educación.
Con el paso de los meses intentaste olvidar lo de tu nariz -aunque cada día la odiabas un poco más- pero te costaba sacarte de la cabeza la escena de la reunión triangular sin fecha. En el frenesí de tu error empezaste a notar otras coincidencias entre él e Ismael, empezaste a sentir las mutaciones a las que -creías- éste último estaba siendo sometido. La obsesión de la simetría sentimental fue un peligro al que te acercaste pero lograste escapar, tu amor era más fuerte que cualquier olvido y después de todo, estabas casi segura que todo lo que recordabas era porque lo necesariamente importante, lo habías dejado olvidar. Estaba por terminar el año cuando Ismael te acercó un cigarrillo, por primera vez elegiste decir que sí. Mientras tus pulmones se llenaban de humo -al igual que los de Ismael- sentiste en tu cuerpo la vibración de un terror desmedido: si las almas se liberaban con el fuego, quizás en ese momento corrías riesgo de perder la tuya. Reíste -te era fácil reír ya- con insolencia y pasión, reíste y besaste a un Ismael perdido, sonriente, festivo. Y te revolcaste en los suelos y en las camas, viajaste por los túneles de los mil y un colores, te sentiste lejana oyendo voces que querían despertarte, abriste los ojos viendo una ventana que por siempre -como todo- sería roja y no de otro color. De repente de nuevo y de nuevo volar y abrir los ojos para ver, Ismael cantaba y vos no sabías si lo hacías también, hubo un unísono momentáneo y los dos se dejaron desfallecer sobre la desvencijada cama ajena. Vos te levantaste, inquieta; recorriste la casa a zancadas, como buscando un objeto perdido. Te miraste fugazmente al espejo como hacía meses lo habías hecho en el charco de agua y la luz que entraba por la claraboya del baño achicó tu pupila enloquecida para dejarte ver el verde en el marrón de tus ojos de siempre. Fue un destello primero, te sobresaltaste y miraste de nuevo, el destello verdoso persistía, parecía titilar pero no dejaba de regresar, hasta que se estancó encuadrando tu iris marrón y no te lo pudiste quitar, ni con agua ni con jabón ni tampoco con papel higiénico. El grito que proferiste fue ahogado por el canto insensato de Ismael, te llamó de repente -te quería a su lado- y vos no supiste responder el por qué de tu ausencia. ¿Quería el espíritu culpable de un mortal darte explicaciones? ¿Te perseguía un alma que necesitaba retribuirte todo el amor que por ella habías derrochado?. Farfullaste alguna excusa para huir.
Esa noche tuviste pesadillas.
Cuando te despertaste era otro año, acariciaste con tus dedos más huesudos que nunca tu mejilla y deseaste olvidar. Confiaste en que el recuerdo del día pasado hubiera sido una espiralada alucinación; saltaste de tu cama sin reparos y escapaste de tu cuarto apenas vestida, eludiste el espejo del baño por cábala o terror, desayunaste recitando para tus adentros su nombre, su número de documento, su dirección.

Tus ojos siguieron de dos colores o de uno indefinido, tus manos nunca más volvieron a ser rechonchas y rosadas y tu nariz te acusó de mentirosa. Se asomaba el mes de marzo y decidiste volver a estudiar. Al tomar un libro para leer tu cabeza se chocó con un estante que jamás habías siquiera rozado; temblaste fugazmente y deseaste haber estado calzada con algo que tuviese taco para justificar lo sucedido. Pero no, descalza andabas marcando el piso caliente de cemento, descalza porque habías querido ponerte zapatos y misteriosamente tus pies ya no cabían en ellos. Con un temor reverencial veías caer las hojas del calendario, las hojas de los árboles, las hojas de tu pasado. Un día mientras te duchabas y tomabas una afeitadora -tu vello cada día más rebelde se negaba a permanecer corto más de dos días- vislumbraste entre la espuma la respuesta que siempre habías deseado saber: era el silencio, porque era lo más acorde a la inexistencia. Casi resbalás ante tal revelación pero lograste asirte de una de las canillas y romper a llorar. Tu llanto fue duro, espeso y grave, insultaste a la nada y tu voz poco a poco fue perdiendo esa poca feminidad con la que habías sido dotada. Desolada pero sumida en la más profunda de las curiosidades suicidas, ese día decidiste finalmente esperar. Esperar porque estabas segura de que faltaba poco más de un mes para el paso final de un proceso tan complejo como el que estabas sufriendo. Un mes y ya, la crueldad típica y esa importancia sobredimensionada que siempre le habías dado a esa época del año ahora también emanaba otro sentido y otro camino posible.
El último día de marzo quisiste despedirte de Ismael. Sabías que al día siguiente él ya no te podía desear ni querer -tantas veces, previsora, le habías preguntado si y respondía que no, que jamás- y sin embargo no pudiste acercarte a su hogar. No querías dar explicaciones.
Dormiste y viste en sueños a un ser de espaldas -no era Ismael, era él- que cruzaba la calle y se perdía. La noche oscura te engulló en sus fauces sin permitirte recordar nada más que esa fugaz visión triste y no sabés explicar si volviste a soñar durante las horas que precedieron a tu amanecer.
Hoy, primero de abril, despertaste y al rozar con las sábanas tu cuerpo, sentiste que entre tus piernas había aflorado -erecta- la negación -y al mismo tiempo el premio- a tu pasado. Entonces acercaste tu mano y dejaste que ella fuera todo lo que a vos no te habías permitido ser nunca, por falta de deseo o atracción. Y cuando llegó el final, cuando alcanzaste la gloria, eran dos glorias, las dos que nunca te habían sido concedidas en simultaneo. Todos tus suspiros entregados al muro insensible regresaron a vos para cumplir con las asignaturas pendientes, para dejarte gozar por un rato de lo que los años y la voluntad adversa te habían vedado. Para -de una vez por todas- acabar.

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