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lunes, febrero 21, 2011

Capítulo 1 de algo que quizás, nunca termine.

A los 20 años, Julieta eligió morir.

Esas cosas no se decidían así como así; no se decidían sólo porque llovía una mañana en que los trenes hacían paro o porque las medias de nylon se habían enganchado en el clavo de la silla del comedor. Ideas como esas eran resultado no solo de años de tener el plan zumbando en la cabeza como un salvavidas se tiene a mano en caso de naufragio (vaya paradoja) sino también de frustraciones repetitivas en cortos lapsos temporales.

Corría el mes de febrero de un año que poco importa, el calor brutal seguía enredandose en los cuerpos humanos a pesar de que en un mes el otoño tenía fecha de arribo y las hojas de los árboles de blandían con dulzura al son de las chicharras, de los escapes de los colectivos. En un auto Julieta por fin había gramaticalizado mentalmente aquella oración "a los 20 años elegí morir". Luego recordó que hacía un mes y medio había ideado una perfecta manera de acabar con su existencia, que combinaba el método de arrojarse desde lo alto y de ahogarse: al pasar por un acantilado, durante un viaje lluvioso, pensó que arrojarse desde allí -en un auto- al mar, sería el mejor final para ella. Tenía en la retina grabada la imagen que nunca había sido pero que eventualmente podría ser, vislumbraba un auto gris oscuro, viejo, despeñándose a toda velocidad hacia el mar más negro de todos. El día de su muerte imaginaria el cielo estaba plomizo, el aire helado. Una llovizna como velo funerario caía, borrosa, sobre las piedras y el asfalto. Julieta moría así, a 500 kilómetros de su rutina diaria. Julieta moría un día que no había sido en una fecha indeterminada en la mente.

Pero ese día de febrero en que había elegido dejar de ser estaba lejos del mar y de los acantilados, ni siquiera tenía un auto similar al de sus trágicas fantasías. Dificilmente podría ahogarse con estilo, vivía en una ciudad atestada de arroyuelos sucios, densos, venenosos. Sin embargo no podía dejar de observar, cuando se dirigía a su trabajo, una torre inmensa, eterna, que parecía elevarse hacia más allá del cielo. Cada vez que pasaba por allí se veía cayendo desde la terraza y se preguntaba cómo debía sentirse eso de caer en picada como un pájaro cazador y luego, luego de una sensación tan inhumana y sobrenatural, morir.

Al llegar a su casa, con la idea fresca en la cabeza, se recostó a organizar su final. Su muerte debía ser inolvidable. Para morir, hay que hacerlo de una manera personalizada, de forma que cuando la vecina curiosa o el tío lejano preguntara las circunstancias en que la tragedia sucedió, el familiar disponible en el momento, entre sollozos, arrimara a relatar la poesía del suicidio antes de romper a llorar en un hombro enfundado en traje, en unos enormes senos o en un brazo repleto de vello. Se dijo a sí misma que para evitar el olvido o caer en el arrepentimiento, lo más conveniente sería anotar en algún cuaderno cada punto del plan macabro. Como la organización de una fiesta, con la única diferencia de que la única feliz sería ella. Pero ¿se podía ser feliz cuando ya no se era? ¿se podía existir como alma separada del cuerpo?

La trascendencia del alma era un concepto que no terminaba de convencerla, sin embargo la extinción total del ser, física y espiritualmente tampoco hallaba sentido en sus reflexiones. No podía imaginarse en el infierno ni en el paraíso porque aquellas construcciones religiosas que alguna vez le habían impuesto desde su familia cristiana se esfumaron apenas sintió, por vez primera, que el mundo -su mundo- se derrumbaba y que ningún inexistente dios se presentaba a salvarla. Había sido allá por su pubertad cuando se encontró abandonada en el universo, sin fe y sin divinidad majestuosa que le pudiera mostrar el camino a seguir. Tenía 12 años y había enfrentado por primera vez a la muerte. Su hermano mayor, al cruzar la calle una noche luego del trabajo había sido atropellado por un colectivo sin frenos, que terminó incrustándose en el paredón de una fábrica abandonada, acabando con la vida del conductor y la de 25 de sus 30 pasajeros. Y con la vida del hermano de Julieta.

Ningún dios podía devolver esa vida ni el resto, ningún dios era misericordioso y perfecto si caprichosamente había asesinado a individuos comunes con comunes existencias. Para creer en un dios vengativo o sádico, no valía la pena creer en ninguno. Al destruirse la vida de su hermano se habían destruído su fe, el cielo, el infierno, todos los templos. Se habían quemado cruces y estatuillas, se habían corroído los cálices, se habían podrido las hostias. En tal desolación encontró que mejor que morir de una manera tan absurda como su hermano y los pasajeros de aquel colectivo, era elegir la muerte que uno más deseaba. Con el tiempo ese pensamiento quedó suspendido en el limbo de su memoria, pero cada vez que regresaba, se enraizaba un poco más a sus entrañas, a sus pestañas. Fue en febrero y en un auto que terminó por convencerse del todo. Fue mientras anotaba en su cuaderno su plan que comprendió que si iba a poder elegir, eligiría todo: lo primero que anotaría, sería la fecha de deceso. Necesitaba, simplemente, un calendario.

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