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sábado, enero 01, 2011

Les fleurs du mal (1.1.11)

Es año nuevo ¡es enero, y...! Sin embargo parece que yo vuelvo a ser lo que a veces se vislumbra por entre las enredaderas del jazmín viscoso. A la luz de la cuchilla no bailo, no miro, no nada. Pregunto a las paredes violetas si la alegría de ayer no fue causada simplemente por la intoxicación, por las luces. Porque de repente despierta en medio de este calor, vibrando al sol del ventilador, me transformo en alguien que teme a las inferencias lógicas, a las repeticiones que siempre se dan. Y no solo teme a eso, sino a mucho más, a sus entrañas mutantes, a su falta de señal; teme verse recordando ese momento, esos brazos por la cintura y las palabras que eran triunfo pero también dulce padecer, pensar que el primer objetivo de este año fue el que borda lo enfermizo, la patología de cuento de hadas, de flor del mal. A veces me maravillan las ramas quebradizas, las manchas violaceas, el indicador estable. Y me asusta el roce de la carne, la podredumbre del trofeo obtenido, las variaciones femeninas; me perturbo de solo creer que todo eso puede pasarme, que yo, que esto, ha de pudrirse.
¿Qué veo? es enero y ahora ¿qué veo? Recuerdo un enero así, que me hacía temblar de oscuridad. Recuerdo ese año, esa época en la que necesitaba desaparecer para ser, escaparme de mí para poder existir. Ya no puedo comprender, hay algo que no concuerda dentro de mí, hay algo que se enrosca en mis piernas y en mis brazos y me tira la suelo, me inmoviliza. Yo solo puedo mirar, con ojos bien abiertos, la perdición.
Temo. No, no falta una a, temo. Los nombres, las palabras, los espejos. Destinos trizados, y temo.

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