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lunes, enero 03, 2011

Implosiones y explosiones

El universo gira alrededor de los azulejos y del mar interior, alrededor de la vícticma que yace viva y temblososa sobre la cerámica resbalosa. Espasmos y gemidos ahogados me retuercen, serpientes de lluvia y de fuego me muerden, me quieren sofocar. Es la muerte entrando a mi cuerpo disfrazada de electricidad, de inalcanzable e incomparable liberación.
Soy el sacrificio a una diosa que no tiene nombre o que tiene todos; el sacrificio a aquella mujer que no es más que todas y es celestial y es terrenal y es infernal. La luz bambolea en mis ojos que se cierran con vehemencia para abrirse luego entre vapores verdes, de seno terrestre, de absoluta conexión primitiva. La luz, la luz poco a poco va tomando mi ser, en minutos paso de ser una estrella naciente a una próxima a morir y brillo más; me transformo en un astro que explotará, que perecerá en el instante en que alcanza el máximo estado de sí. Es violencia pura la sensación de posesión diabólica o divina -si en el fondo lo mismo es- que me ata y desata, es desesperación alucinante la necesidad de asirse a algo que será finalmente mi propia carne, mi cuerpo que quiere despedazarse dulcemente como mi interior, que siente la necesidad de desmembrarse para acompañar la explosión del sentido primero, del sentido más efímero y adictivo, del motor de la humanidad. Ostento rojas marcas sobre mi piel estremecida, sobre mi palidez que de gélida solo tiene el azul de las uñas; mis labios necesitan abrirse para gritar en silencio o para tomar un poco más de aire frente a la mejor de las muertes.
Y de repente el dolor punzante que es mera maravilla cede a los estruendos de la estimulación. Los huesos quieren quebrar las barreras, la columna se eleva hacia el cénit de la sensación, la cabeza se arroja hacia atrás - al vacío - intentando en el cielo hallar explicación, los ojos no saben si mirar o si cerrarse porque solo verán hacia adentro; la bomba de tiempo marca el final de la espera.
Implosionó explosivamente el cuerpo celeste.
Miles de haces de luz perforan el aire caliente.
El reloj, ahora, arranca de nuevo. El río volvió a ser río y dejó de ser amante. El sacrificio murió y reencarnó. Entre suspiros el templo se reconstruye sobre sí mismo para, alguna noche, volver a abrigar el milagro de la muerte estelar. El milagro de la asfixiante felicidad en plena soledad.

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