Buscar en este blog

jueves, enero 13, 2011

Diario de un viaje ajeno II: día 7

Cuando por fin duermo lo que debería, muero de sueño en el desayuno. INCREIBLE. Otro día en el mundo proletario, 182, trabajo y casa. Últimamente las máquinas de boletos de la 182 se traban exageradamente, estoy indignada (?). Cuando salí del trabajo pasé por lo de mi abuela, una bella merienda satisfactoria aconteció en su hogar. Hoy tenía muchas cosas para decir, de nuevo creo que las olvidé. Tomé un Baggio de Naranja-Durazno por primera vez en mi vida, en el colectivo de regreso venía pensando en que nada interesante me sucede... y lo chocó una moto (aunque a los 10 minutos reemprendimos camino) y cuando iba para mi casa caminando, se me ocurrió una frase que voy a decir, aunque no venga al tema: "te guardo el rencor más hermoso de todos".
Definitivamente, no viene al caso.
Por fin recibí noticias de mi pareja estable; recuperó la señal de su celular y ahora sé que sigue vivo y que no se lo comió el Nahuelito o un duende o algo parecido.
Estando en la biblioteca y sin ganas de seguir haciendo tejuelos, me puse a leer "El perjurio de la nieve". Hace tiempo lo tenía en espera y ahora que lo encontré, no veía el porqué de no leerlo. Es corto, es casi un cuento o una nouvelle... y no me gustó. Está buena la idea de "no morir porque los días son todos iguales por lo tanto el tiempo no pasa" pero me esperaba algo más largo o más intrigante, quizás.
Comí milanesas, las santas milanesas de La Alameda. Por dios, son geniales.
Hoy cuando me llamó, me llamaste, (no sé a quien me refiero) me dijiste de irte a esperar al aeropuerto. Oh, fue tierno y lo haré, iré. Lo que no sé si te dije (le dije) es lo que me producen. Quizás te lo dije, te he dicho tantas cosas en estos 3 años de conocernos; hemos tenido tantas charlas, sentados, parados, acostados, abrazados, enojados, felices, tristes, solos, acompañados, enamorados, desenamorados, a tiempo, a destiempo, etc. etc, que ya no puedo recordarlo.
La cuestión es que las estaciones de trenes, de subtes, las terminales de micros de larga distancia y los aeropuertos me llenan de poesía, de melancolía y me inspiran algo que raya lo sublime. Últimamente ya no me pasa tanto con las estaciones de trenes y subtes porque el pisarlas tan seguido han hecho que la sensación se pierda a causa de la automatización de la modernidad. Sin embargo, las terminales de micros (Retiro, sobre todo, esa que en una época me embriagaba de tristeza y de dolor ajenos y ahora... hace tiempo que no visito) y los aeropuertos lograron mantener ese status de musas edilicias. Los aeropuertos, sobre todo, me hacen sentir en un mundo impersonal y carente de identidad, en donde todos somos nada y somos un elemento efímero de la cadena vital. Es evidentemente porque se trata de un lugar de paso; nadie va a un aeropuerto por el solo hecho de ir, sino que uno va a un aeropuerto para irse a otra parte, para llegar a casa de nuevo o para ver llegar a los seres que nos importan. Pero en un aeropuerto nadie tiene nacionalidad, nadie tiene origen ni destino, nadie está con los ojos abiertos y clavados en sus paredes, sino que tienen el alma en otra parte. Lo curioso es que a pesar de que me gustan los aeropuertos, le tengo fobia a los aviones. Creo que cuando te vea bajar del avión, solo ahí me sentiré en paz. Me producirá crueles temblores el ver al avión aterrizar, el ver al avión andar hasta pararse, etc. Me siento un poco Julius.
Mañana voy a ir a la peluquería, de nuevo tendré el pelo negro. A la noche no creo que salga, va a ser raro otro viernes sin vos.
En fin, es todo por hoy.

13.1.11

No hay comentarios.: