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sábado, enero 08, 2011

Acceder

La liberación me resulta un proceso intrigante, misterioso. Veo a mi yo-oruga, después a mi yo-capullo y más tarde a mi yo-mariposa (qué ironía resulta usar esta misma metáfora tanto tiempo después). A pesar de eso, no veo a dos cuerpos distintos (aunque un poco) sino a dos estados de alma, nomás. Me pregunto como hubiera sido si yo hubiera dicho todo lo que digo ahora, antes; como se hubieran desencadenado los hechos si yo hubiera encontrado en mí todo lo que encuentro en este momento cada vez que miro hacia mi interior. El mundo, ¡la vida, los seres! quizás se hubieran divertido más. Muchas de las cosas a las que -decía- jamás iba a acceder, son esas que hoy defiendo y que incluso tengo en mente gran parte del tiempo. Y no es hipocresía de mi parte, porque en el pasado aún no había descubierto esas partes de mí que pueden convivir y llegar a desear esas determinadas situaciones.
Sin embargo nadie puede liberarse sin su llave. Yo no tenía la llave, aunque si hay algo que fui adorando en mi vida antes de esa llave fue el sabor de la libertad. Yo era libre, a mí me habían concedido ser libre y hoy por hoy es una de las cosas que más valoro, la libertad. Una de las cosas que nadie podrá cambiar de mí. Pero aunque era libre de muchas ataduras que cualquiera podría haberme impuesto, no era libre de las que me había impuesto yo misma, sin saberlo nunca. Desconocía esas ataduras porque desconocía lo que estaba atado. Sentía pequeños cosquilleos, dudas, latidos, pero no me tomaba nada de eso en serio. Y sí, aunque yo me encadenaba, no tenía la llave. Necesité que me la trajeran, que me la entregaran para abrir los ojos y comprender todo eso que era, todo eso que siempre fui sin saberlo. Quizás necesitaba madurez (el paso del verde al rojo) o quizás solo necesitaba otras manos para desenmarañar mi ovillo. A veces pienso lo bien que todos podríamos haberla pasado alguna vez. Luego comprendo que no, que jamás. Que eso de tiempo al tiempo siempre fue cierto y que para volar antes hay que tomar un impulso. Y eso no se puede si antes no se aprende a mover las piernas. Pero tampoco se puede sin las alas. Y mucho menos, con el peso de las cadenas. Se necesitan llaves para abrir el candado; tuve la mía, la perdí sin saberlo y luego la reencontré.
Uno ama, más que nada, las llaves de uno mismo.

1 comentario:

El Poeta Maldito dijo...

A veces nuestro principal obstáculo es uno mismo, ya sea por cosas que ignoramos, que necesitan ese tiempo de maduración, de comprensión.
Hay que aprender de las experiencias, sobre todo de los errores.