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miércoles, diciembre 08, 2010

Palomar por Marconi

(volví a soñar con un 326 verde. Es extraño: siempre me sucede luego de que alguien diga algo respecto al color verde de esos colectivos y yo responda que hace tiempo que ya solo circulan en color rojo. De repente me di cuenta de que quería escribir un cuento al respecto; no del sueño sino del verde perdido de aquellos colectivos. Y de un recorrido en particular, de ese que viene de Liniers. Solo hay una manera de que lo escriba, solo una temática puede concebir y los personajes pueden ser solo un par. Siempre es así, hay historias que no pueden sacarse de su contexto y resignificarlas; hay lugares, nombres, palabras que no pueden dejar de contener su pasado detrás, sus discursos y sus momentos. Quizás a algunos les resulte triste: por más que los minutos y las vivencias puedan ir acumulandose sobre los ladrillos de las casas, sobre los adoquines de las calles y sobre los bancos de plaza, siempre perdurará todo lo anterior, la vida solo logra que la pila crezca. Para mí no es triste, hay pertenencias que justamente le pertenecerán en la eternidad a seres y a etapas que no cambiarán. Y eso no equivale a vivir siempre recordando, sufriendo, añorando. Pero de vez en cuando pasará un 326 rojo -que no es verde- o miraremos hacia un puente y se vendrá a la mente, inevitablemente, una anécdota. Y lejos de ser una traición al presente, es respeto a lo que supimos tejer pero también traicionar en el pasado)


Ayer estaba haciendo las compras, era de mañana. Había sol, el sol aquel cosquilleante y ensordecedor del verano, que en las primeras horas del día es más agradable que en las tortuosas horas de la tarde. Los grillos se habían callado ya, ahora gemían las chicharras. Las chicharras, como el sol, también eran parte del tumulto del verano, de la soledad en la ciudad que se vacía en las mañanas, en los domingos, en los feriados, en los eneros. Ayer estaba haciendo las compras y en las bolsas bailaban las arvejas y la acelga, chocaban las manzanas y amenazaba con romper la fiesta una sandía. Monotonía bicolor, las frutas y verduras emanaban el dulce perfume de la frescura y me abrían el apetito. Aún debía cruzar las vías del tren -que cuando hace calor serpentean- y caminar un par de cuadras para arribar a casa y prepararme un jugo. Me detuve a mirar por un momento al vendedor ambulante de collares; esta vez nada me interesaba. Al levantar mis ojos para reanudar viaje, vi como un rayo rojo y negro pasar del otro lado del paso a nivel un colectivo. Todos los días veía pasar a los colectivos de esa línea, pero ese día -quizás por el color de las hortalizas en mi bolsa, quizás por el sol radiante que no era lluvia y entonces era permiso, quizás por simple casualidad- pude vislumbrar al fantasma de mi persona sentado en la esquina de enfrente, clavandole la mirada anhelante a cada vehículo de esa índole. A mis espaldas ahora estaba yo, más joven y con ilusiones de más o de menos, sobre un escalón bajo el sol. Incluso podía adivinar como estaba vestida. Miré, por supuesto que no había nadie, por supuesto que había alguien pero que no era yo; por supuesto, los fantasmas son invisibles. Además, el colectivo que vi pasar era rojo. Y para que yo, o mi versión antigua de mí estuviera a mis espaldas debía seguir siendo posible que entre tanto colectivo rojo pasara uno verde.
Sonreí. En esa época que de repente había regresado a mi memoria, mi ilusa cabeza y mi ignorancia respecto a los recorridos de los transportes públicos habían creado una superstición dulce, una manera de paliar las impuntualidades: si yo estaba esperando a una persona determinada que sólo podía llegar tomando un ramal específico de una línea en particular, llegaría solo en los coches de color verde. Únicamente los de ese color venían del lugar de donde la persona a la que esperaba venía, el resto no, el resto hacían un recorrido diferente, por eso tardaba tanto, no era desinterés ni tampoco inocente retraso ¡era porque ninguno era verde, todos rojos, malditos rojos!. Y cuando un haz verde iluminaba los ojos y nadie llegaba, una parte de mí lloraba pero seguía esperando al próximo, después de todo impuntual -un poquito- puede ser cualquiera, solo un colectivo había perdido. A veces las esperas eran gigantescas e insoportables -y había sol porque con lluvia nadie salía- sin importar cuantas veces viera internos de color verde y muchas veces el ser ausente arribaba luego de que un colectivo rojo hubiera pasado, desbaratando mi teoría absurda; sin embargo no importaba, borraba de mi memoria aquella molestia empírica y al día siguiente volvía a mirar las calles -la calle- con la misma superstición de siempre, con esa fe ciega -como todas- de Penélope urbana.
Con el paso del tiempo había descubierto que el único ramal que pasaba por ahí era el que a mí me importaba cuando estaba sentada en la esquina bajo el sol, entonces no importaba el color, todos los colectivos podían traer lo que yo quería que llegase. El juego había acabado y los ojos se habían abierto. Ya no quedaban excusas.
También con el tiempo fueron desapareciendo los colectivos color verde; otra línea de colectivo se había hecho cargo de la que a mí tanto me importaba y ahora todos los coches serían rojos.
Fue un cambio gradual, iban siendo menos los verdes hasta que ninguno lo fue, pero nadie puede decir la fecha exacta en que eso sucedió, como pasa con todo lo que es gradual: de repente nos damos cuenta de la insoportable certeza cuando el proceso de cambio ha terminado -quizás hace un tiempo ya- y el mundo es lo suficientemente distinto y las ausencias lo sufientemente ausentes como para que nos asuste el no poder volver atrás.
Yo también deje de esperar al que siempre esperaba, como en algún momento dejé de creer en los placebos de mi mente y como los colectivos verdes dejaron de circular. Dejé de esperar porque empecé a mutar, porque un día empecé a preguntarme que me sucedía y en algún momento dejé de amar. Llevó tiempo, fue brusco el momento de vislumbrar el nuevo estado pero no tan perceptible la metamorfosis, porque no es lo mismo mirarse al espejo todas las mañanas que tomarse una foto, guardarla y volverla a observar en un año. Aunque nunca había dejado de mirarme al espejo, el adiós llegó cuando la foto que descansaba en un cajón regresó a mis manos.
Y un día que fue el último alguien se subió a un colectivo que ya no era rojo ni verde sino azul -porque todos habíamos mudado de vida un poco- y yo caminé hasta mi casa, vomité un par de verdades y todo se sepultó en el silencio. Jamás pude encontrar la explicación (aunque pueda enumerar las variables que modificaron el resultado, no sabría dar el momento exacto en que la suma de las mismas logró que la costumbre pesara menos que la soledad) que pudiera responder a aquella pregunta lacerante: "¿Cuándo sucedió, por qué?"
Ayer a la mañana, mientras hacía las compras como todos los días, encontré la respuesta: dejé de amarlo cuando el último colectivo verde dejó de existir.

5 comentarios:

Javes dijo...

siempre tuviste buena diccion para las metaforas.

A girl called María dijo...

Gracias (?)
Creo que sos la única persona en el universo -además de mí, claro- que podría haber entendido algo de esta historia.

Javes dijo...

esta bueno.

Mery dijo...

Gracias :)

Mery dijo...

Ah, Maxi me respondió diciendome que no entendió tu mensaje, así que se lo expliqué (?) y en cuanto sepa algo te aviso.