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martes, diciembre 21, 2010

Profecía bajo el árbol (AKA "Seguir viviendo sin tu amor")

Este cuento lo escribí para un concurso. Le fue bastante bien, sin embargo no me gusta. Nunca me gustó. Quizás sea porque debí encapsularlo, moldearlo, encajarlo. Y la historia, la historia hermosa pero en su momento triste, perdió su magia.


La lluvia del año anterior se había transformado ahora en sol radiante. Ese año, el día tan esperado caía de viernes, y tal como la última vez, nos citamos para tomar algo a las cuatro de la tarde. Llegaste vestido como había imaginado, yo no recuerdo que me había puesto. Luego del abrazo que teníamos por saludo, elegimos esa mesa que, sabíamos, nos correspondía por costumbre. Por la historia sin nombre que nos unía.
Los dos pedimos (¿Qué podíamos pedir sino?) un té, apenas eso, porque no necesitábamos nada más para recrear el pasado. Nos pusimos al tanto de nuestra última semana, innecesariamente porque ya lo sabíamos todo; nos reímos de las palabras tan acertadas escritas al dorso de los sobrecitos de azúcar y, luego de un rato de dar vueltas sobre las mismas anécdotas, decidimos salir a caminar. No puedo recordar cómo fue que llegamos a Plate, si tomamos Wernicke o Balbín, el hecho es que de pronto estábamos hamacándonos felices, y yo te decía que era una suerte que después de todo lo que había pasado unas semanas atrás siguiésemos siendo amigos. “Amigos y solo amigos, como siempre” (o como nunca) repetía sin cansancio para creer lo que, sabía, no era del todo cierto. Pero se cree que si uno dice mil veces lo mismo, por más que no sea verdad, te lo terminás creyendo. Y el resto del mundo también. En un momento, vos volteaste la cabeza y yo te imité. Ambos conocíamos bien la geografía de la plaza, y habíamos fijado conscientemente la mirada en el busto de Sarmiento, donde, sabíamos, estaba escrita la primera estrofa de la canción que tantas veces nos había hecho pensar en el otro. Así se te ocurrió la idea de dejar plasmada nuestra existencia en las plazas y plazoletas por las que pasábamos cuando hacíamos nuestros recorridos vespertinos por Ciudad Jardín. Me dijiste que podíamos ir escribiendo cada una de las palabras del nombre de aquella canción en algún lugar de las plazas, hasta llegar a la última, a la que siempre era principio y final: la Plaza del Avión. Sonreí y acepté tu plan.
Buscamos el quiosco más cercano y compramos un corrector líquido, con el que dejamos la primera palabra grabada en los caños azules del tobogán. Abajo plasmamos nuestros nombres y la fecha, para luego seguir con el resto de lo planeado. Empezamos a caminar por Zeppelin hasta llegar a una plazoleta de la que no sé el nombre, con una bomba de agua en el centro, lugar que elegimos para continuar nuestra misión. Luego tomamos Lorenzini, hasta arribar al triángulo aquel del misterioso paredón de ladrillos en el centro. De nuevo nos detuvimos para escribir la palabra de turno, la fecha y nuestros nombres. Nuestro siguiente destino era La Plaza Rotaria, también conocida por los jóvenes como nosotros como La Placita de los Enamorados, dada la cantidad de parejas de adolescentes que allí se daban encuentro. En el pilar central, más exactamente en la maceta allí posada, cumplimos de nuevo con el ritual. Ahora quedaba sólo una última palabra por escribir –la más importante- para completar el plan, para inmortalizar ese día y nuestra especial forma de vivir. Cuando llegamos a la Plaza del Avión, comprendimos que el mejor lugar para ponerle punto final a esa aventura era el cantero del ombú, ese que tantas veces nos había escuchado conversar, suspirar. Empezaste vos a escribir las dos primeras letras de la palabra, las últimas dos las escribiría yo, porque queríamos ser justos. Pero cuando fue mi turno, el corrector dejó de funcionar. Se negaba a escribir la R final. En ese momento reíste casi en silencio y me miraste con detenimiento. Dijiste entonces triste, pero a la vez dulcemente, una de las tantas frases que jamás podría olvidar, de esas que me dejaban por horas suspendida en un limbo de reflexión y melancolía:
- Parece que nunca vamos a poder escribir esta palabra juntos.
Desafiante te miré, y te dije (por más que en mi confusión, miedo e hipocresía creyera que justamente, esa palabra era la que jamás debíamos escribir) que no, que no había razón para no escribirla. Solo necesitábamos un nuevo corrector. Después de cruzar la calle a las corridas y comprarlo, volví agitada pero sonriente, y agregué la R que faltaba, para escribir por primera vez entre los dos, la palabra Amor. Nos alejamos caminando juntos, sonrientes. No dijiste nada, nada tampoco dije yo: sabíamos que lo escrito no era meramente una palabra más, sino una profecía, aquello que no nos animábamos a decir en voz alta o lo que nos daba terror imaginar aún. Nos faltaba tiempo, pero ya teníamos un testimonio, una promesa diseminada por toda nuestra ciudad. Y haber vencido a esa R que no quería salir, haber buscado una manera de finalizar el plan, demostraba que no nos íbamos a rendir, que no faltaba mucho para que nos decidiéramos a dar otro salto: el real, ese que pasa de las palabras, a los actos. El primer paso estaba completo, la semilla sembrada. En pocos meses (no lo sabíamos pero ¡claro! Lo intuíamos callados) florecería, iniciando así definitivamente aquella eternidad en la que la seguiríamos escribiendo amor, ya no en plazas, sino por todos lados, en cada segundo de nuestras vidas compartidas.

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