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miércoles, diciembre 15, 2010

Piloto automático

Alguna vez mi mejor amigo y mi más sabroso enemigo fue el piloto automático ¡como me gustaría hacerlo regresar!
Recuerdo aquellas épocas agridulces y tragicómicas de la inestabilidad satánica, en donde las lágrimas y la culpa solo podían subsanarse con la muerte de toda razón, con el oleaje divino y peligroso de los cuerpos. Apagar el pensamiento en pos del placer, sentir solo con la piel, la razón obnubilada por el roce, la unión universal de las vibraciones; todo aquello solo es posible cuando las preocupaciones, los miedos y la inseguridad, cuando la maquinación cerebral se apaga. Sino, imposible.
Quizás, o más que quizás evidentemente, sea hora de volver a eso tan antiguo -y no tanto- del terror, el remordimiento y la amargura metidos en una caja, reemplazados por la magnética euforia. Habrá que volverle a dar paso al ser que no piensa y solo vive, porque de otro modo todas las ideas nos dirigirán a la muerte, al espacio que ya no es espacio, al momento que ya no es tiempo, al instante en donde el cuerpo ya no vibra, y entonces de nada sirve seguir.

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