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martes, diciembre 07, 2010

Literatura Francesa

Llega un momento del día en que no sabés si sos Anne o Marcella (almas salidas de plumas de dos Marguerite, con distinto apellido), que no podés decidirte entre ser la señora burguesa que se aburrió de la vida, se embriaga de manera suicida y luego sufre en una cena concurrida o la anarquista galopante que también autodestructiva se inyecta en las venas un ideal por el cual valdrá la pena dejar de ser. Y después de todo ante tanta diferencia, ante tanto dilema -que también grita que es Fedra, pero eso no es hoy- no pueda evitar pensar que en el fondo ambas anden rumiando el mismo pasto de la infidelidad; la infidelidad hacia un marido rico del que desconocemos el nombre, o hacia el médico Alessandro que vuelve una noche para sacar a relucir en el seno de la oscuridad clandestina todo el filo de los errores, de los rencores y del pasado en común que nunca fue común.
Y entonces ¿Cella o Anne? ¿Phèdre, quizás? No importa, no tiene sentido, son todas diferentes e iguales y en el fondo decís que son vos. Y como a ellas las amás - a Anne quizás no tanto porque es insulsa, porque es idiota pero ¡vaya! esa idiotez se acerca a la tuya- también decidiste odiar a Meursault, andá a saber si por su indiferencia, por su cinismo de mero imbécil o por las preguntas que justamente a María le respondía con crueldad. Odiar a Meursault (que se muere ¡viva! como pedía Vargas Llosa) pero tenerle cierto cariño a Alessandro (cuando quieren ser lo mismo, aunque no lo sean, como aquellas mujeres que, bueno) y sonreír al leerlo, al presenciar la escena de reproches con Cella y pensar que ¡mirá! alimentan reminiscencias. Las reminiscencias esas de las que habla el Proust que elegiste no leer -pero leíste su crítica y volviste a amar a Walter B- y que sin embargo logra que te preguntes que sería de vos si emprendieses la búsqueda del tiempo perdido (¿qué perdiste?) y si al morder una magdalena pudieses comprender que algo perdido debe regresar. Es como cuando de tanto recordar se recuerda de a muchos y surge de repente y por una ínfima casualidad o situación -en forma de shock- la certeza de que hay algo por decirle al otro (aunque ese algo no sea lo mismo, hay algo, hay algo y no importa quien habla) y solo se necesitara tomar la iniciativa para hacerlo saber. Y el otro la toma y acusás telepatía. Es que ¡claro! La iniciativa jamás la tomará Anne -ella solo tomará el vino- ni Fedra -dejemos que las manos se las manche Enona- aunque podría definitivamente tomarla Cella, pero aún no lo sé -y la tomará según dicen entre el 20 y el 21 de abril- porque interrumpí la escena con Alessandro para venir a decir todo esto, y realmente ya nada tiene mucho sentido, ya nada importa demasiado, porque yo sigo siendo yo y mis nombres no han cambiado.

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