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sábado, diciembre 04, 2010

El café que te debo.

Los colectivos y las bicicletas andaban zigzagueando en la ciudad; Juliana desde un café miraba por la ventana y al sentir el rayo de color de un vehículo pasando por la esquina se preguntaba como era posible que el tiempo ya se hubiera olvidado de ellos, ahora que ellos eran menos ellos que nunca.
Podía recordar aún -es que esas cosas no se olvidan, ahora sí lo sabía y había dejado de intentarlo- los días en las que ella, con solo diez años y sentada en el asiento trasero de un auto, veía a él que -tirado en la vereda, bajo el sol, al lado de su bicicleta azul- esperaba que fueran las dos y media de la tarde. También se le venía a la mente el día en que ella se asomó a la ventana de su vieja habitación sin razón alguna y vio pasar a él, en su bicicleta -ahora era amarilla porque habían pasado muchos años- y su camiseta de fútbol. De repente su cabeza estaba repleta de esos recuerdos de momentos fortuitos y asesinos: las paradas de colectivos en las que él esperaba cuando ella andaba caminando, la puerta de la casa que él abría cuando ella justamente estaba mirando, las llamadas telefónicas que le paraban el corazón (y no podía pasar por alto aquella tan trágica, en la que él le decía que su abuela había muerto y ella quería llorar, abrazarlo -qué poco había cambiado- porque no podía sentirlo quebrado, no soportaba su tristeza impregnando las paredes de las casas), su nombre peculiar apareciendo en una novela al mediodía, o en una revista, o en un libro, o en donde fuera. Él, cayendo del cielo una y otra vez frente a sus ojos, en su camino. La vida en algún momento los había entrelazado cruel e irremediablemente; con una malicia impresionante, porque si bien sus sendas estaban enredadas y eran una constante encrucijada, sólo el corazón de Juliana no podía desatarse de él. Él jamás había mirado sus ojos. Quizás, alguna vez, sus medias.
Ahora las bicicletas seguían ahí, reluciendo en la avenida. Pero nunca más su bicicleta. Los colectivos seguían parando en sus paradas, pero él ya no subía ni bajaba. Era como si Juliana hubiera podido acribillar a la casualidad tortuosa cuando por fin pudo dejar de amarlo. A veces cuando alguna canción se le enredaba en la lengua o en los labios pensaba que quizás esa misma boca aún tenía una deuda con la de él. Otras veces, cuando el otoño empezaba a matizar las hojas de los árboles, veía en los follajes moribundos la mirada que nunca la había querido y que a ella había desvelado. Y en las horas de aburrimiento y vuelo, no podía dejar de pensar en el día en que él se diera cuenta que todo lo que ahora era ella, lo era por culpa de su maltrato.
Juliana lo veía una vez al año, quizás. Aunque vivían más cerca que nunca, aunque no habían abandonado la ciudad de siempre, la historia los había desligado, porque ahora la tortura no funcionaba, y se sabe que la vida solo une a los seres para volver a alguno desdichado, si no es a los dos.
¿Por qué el desdichado jamás había sido él? ¿Y si lo había sido y la vergüenza, y la mirada ajena, y la obligación y todas esas cosas de la juventud le habían impedido hablar? ¿Y si ese sol, y si esa mañana, y si todo ese universo anaranjado no hubiese sido guillotinado por los gritos, habría del silencio nacido palabras suaves, respuestas adecuadas, un beso y un amor?
El café empezaba a desaparecer de la taza, y el sol a ponerse. Las calles se poblaban por los oficinistas trajeados de tormenta y por mujeres de pelo de viento. Los ojos de Juliana seguían a cada extraño preguntandose si en ellos se escondía él, si al darse cuenta podría reconocerlo. Si pensaba en sus últimos encuentros, de todos modos, regresaban a su cabeza esas imagenes grotescas de un rostro, de un ser, de un aura que ya no eran las mismas. Las últimas veces no había podido distinguir entre él y un transeunte cualquiera; entre él y un cadaver urbano más. Solo aquellas piedras preciosas que ya ni siquiera brillaban le habían dado la certeza de su identidad, porque él ya no era él, apenas era un nombre compartido con el hombre o el niño que en el pasado Juliana había amado. Aún así, esperaba que un día él la invitase a algún lado, a hablar de la vida y ponerse al día. Esperaba de él una devolución, algo que equiparase todas las lágrimas y todo el dolor con el que ella había manchado los días que debieron ser, los más felices de su vida. Pero jamás lo fueron. Y las horas pasaban, y los meses y los años también; él aparecía a veces pero era igual que nada, era el mismo sabor que ya ni siquiera era sabor sino un olor pasajero, eran correntadas de aire, sobre las fotos del ayer y los instantes efímeros del hoy no quedaba más que viento.
Del café solo quedaba la taza vacía, los diarios ya habían agotado sus noticias; Juliana pagó sumida en una automatización repugnante y adulta, y en el mismo estado traspasó la puerta del bar, caminó la media cuadra que la separaba de la parada del colectivo y se sentó en un asiento cualquiera, esperando nada más de la vida que otro día idéntico al interior, en donde los sueños del pasado siguiesen estancados allí, en el ayer, sin cumplirse, en donde las deudas de la vida siguiesen aumentando sin que la vida jamás nos devuelva algo a cambio. Diez minutos para la llegada, y allí subía él. Y por primera vez luego de mucho tiempo se acercaba a Juliana -porque el asiento de al lado estaba desocupado- y elegía estar al lado de ella. Como cuando la abrazaba y le decía que no estuviera mal. Como cuando hacía eso para sentirse menos culpable, porque la culpa de ese mal era él. Ahora estaban codo a codo, con los cabellos rozándose. Él le preguntaba como andaba, ella respondía vagamente. Ellos bajaban en la misma parada, él, al despedirse, la invitó a, en ese momento, ir a tomar un café. Juliana, con las lágrimas borradas por el tiempo, eligió rapida pero sabiamente las palabras y al iniciar su paso rápido, respondió gravemente:
- No gracias, ya tomé uno con vos hoy.

1 comentario:

Reptile dijo...

Cambiale el nombre y ponele Victoria. Así te lo digo.