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jueves, diciembre 30, 2010

Cuando la ruta y las dunas te ubican a kilómetros de tu vida, las palabras y los hechos cobran un valor diferente. La gente y las relaciones humanas también. De repente en el palacio blanco comprendí la importancia de esas personas para las que no soy ni de cristal ni de piedra, para las que soy simplemente una igual. Esos seres me ven como par, me ven como alguien especial pero alguien más; para los que no soy reina sino soy pueblo -justo como ellos- y no merezco más ni menos que lo que ellos tienen. Quizás fue un espíritu socialista el que volvió odiosa la visión aristocrática que sobre mí muchos arrojan, quizás fue volver a lo que siempre estuvo primero, incluso en esas personas que mutaron. Sentir, tocar, saborear los rincones de algo tan primitivo y antiguo como esa igualdad perfecta me hizo sonreir. No hay nada mejor que caer de la mano, abrazados, riendo como infantes, como púberes, como adolescentes, como jóvenes y adultos. No, no importa el sexo ni la edad, no importa el tiempo que pase. Para ellos y ellas voy a ser siempre yo, jamás mejor ni peor, jamás dueña de un espacio que ellxs deben de cuidar por mí. El espacio será de todos siempre y cuando exista. Uno para todos, todos para uno. Justicia e igualdad en este lodazal feliz. Y aquel coronado y dueño queda afuera de este barrio, como yo quedé fuera de su reino.

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