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domingo, noviembre 28, 2010

100 años de soledad

Caminar -sola- por las tardes, por las noches, por los aires de verano que todavía no llegan del todo (porque un fresquito aún retumba) y por las calles automáticas, también. Bajarme antes del colectivo para moverme más, mirar, sentir, sin nadie más que el vacío a mi alrededor. La ciudad me da esta ventaja moderna del anonimato y amo profundamente aprovecharla. Necesito a alguien que no es más que yo, y a nadie más que a mí necesito ahora. Quiero viajar -un día, dos o tres- y sentarme bajo el sol a leer o a dibujar, a mirar la forma de las nubes o a sentir como el pasto fresco se me pega a la espalda. Quizás mirar el mar -siempre lo digo pero nunca lo miro- o sentir resbalar la lluvia por mis lentes, encegueciendome de a poco. Amo las calles, amo los cielos y los árboles, las mariposas de colores que se interponene entre el semáforo y yo. Quiero estar sola, acariciar un gato de cualquier color y que maulle y que entonces yo quiera llorar. Sí, el precio de la soledad no es muy alto, es absolutamente gratuita. Y su gran resultado es el no necesitarla más, y de repente desear volver -siempre y cuando no sea tarde- y abrazar y reír y correr de a dos, de a tres de a cuatro o de a mil. Cuando la saciedad es insoportable, solo la soledad puede devolvernos el hambre.

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