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martes, octubre 12, 2010

Volver implica ahora mirar por las ventanas del quinto piso -sí, del quinto laberíntico piso- y pensar en como sería caer por allí, en observar las minúsculas partículas humanas del patio y tratar de adivinar quién es quién; volver trae consigo las comidas vegetarianas antes de la una y bajo el sol, las caras conocidas y los desconocidos de siempre; el pino parece más chico, el olor del subsuelo más penetrante; ver las aulas repletas, iluminadas, parece antinatural.

Hay tanto ruido -pero no al que me había acostumbrado- y hay aulas llenas, manos en alto. Es estúpido, pero a veces al volver se entremezclan las ficciones y las realidades. Después el molesto malestar, el salir y querer correr, llegar a Rivadavia y ver como en la nocturna avenida mis ojos de agua hacen que las luces se agranden, se achiquen, se muevan ¡colores, colores!.

Y yo ya no quiero tus colores. Yo ya no. Mirá, mirá, los colores. Y la nena agarra mi dedo. Sonrie, agarra mi dedo, mira mi oso, mira mis ojos. La nena parecía un gatito. Chiquito, feliz. Yo no sé que parecía, el colectivo iba lento y para colmo, desviado. Ay, los desvíos. Los desviados. Todo eso que se aglutina en el volver, en el chico que fumaba dos cosas diferentes, un cigarro en cada mano, en la chica del banco de enfrente, pino de por medio, que me miraba, y después todo eso como las escaleras y los lugares secretos, las preguntas inocentes en informes, y la salida, la salida, el chico de la cámara sentado en el suelo y nada, a mí no me importaba. Caminar, Goyena y sentir que llovía. Pero no, ni una nube. Y después todo el resto. La bebe, un gatito.

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