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miércoles, octubre 27, 2010

Día de censo

Las avenidas transitadas por el aire, las zapatillas hacen ruido sobre las veredas porque sólo el viento y los solitarios con planillas recorren la ciudad; de vez en cuando un colectivo rojo rompe con el gris y con el cielo, un colectivo rojo ruidoso vacío, uno en mil, el colectivo de la hora. La barrera no se preocupa por bajar; el tren -varado en la estación- no lanza sus graves suspiros, la gente no baja ni sube, nadie corre en el andén. Por las ventanillas se filtra el sol -el sol sin nubes mediante de un día "peronista" como se suele decir, y vaya que paradoja, vaya- y arremete contra los asientos milagrosamente vacíos. ¡Es miércoles, es miércoles! y el tren no arranca. Es miércoles y dos chicos se ríen frente al McDonalds cerrado (¡miércoles!) y las pizzerías duermen, y los kioskos no desparraman sus canciones de La Renga ni sus chupetines; apenas iluminados dos bares invitan a entrar, y el resto es una plaza con algo de vida, con aquellos que ya respondieron. Porque después, antes y alrededor, desierto. Todos y todas, autos fantasmas, ventanas mudas. Paradas abarrotadas por horas y después tan desérticas como todo, banderas a media asta -pero no por eso, sino por lo otro- y tanto silencio, tanto silencio cuando la población está hablando, cuando la población está diciendo que son y que no (pero ¿mujer o varón? qué locura) y muchos lloran y dicen adiós. Y todo eso, pero silencio.

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