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viernes, octubre 08, 2010

Cuento perverso.

(es tarde pero a la vez temprano y mi novio se acaba de ir de mi casa. Estoy acá, viernes a la noche, jugando al jueguito en que soy el jamón -mejor pastrón- de un sandwich desparejo, o de una cadena de catástrofe hecha con fichas de dominó. Por otro lado, tuve un día que amaneció multicolor -tirando a rosa- y siguió rondando por ese campo, entre notas de revistas e intrigas histéricas. No olvidemos los blogs pasteleros. Hubo también un pequeño paso a "más mujer", lo que suena ridículo leyendo lo anterior, y a la vez seguí por la senda 'del bien y las buenas costumbres' que es la misma que me permite alejarme de ella pero sin salirme del todo. Con todo esto hago otro cuento, o quizás no lo haga con todo esto sino con un poco de perversidad y por pura diversión. El viejo juego ese que tengo abandonado, y mi nueva vida condimentandolo todo)

Hay un dicho que pregona que el mundo es un pañuelo. Marisa siempre creyó eso, aunque en tiempos lejanos había preferido llamar a ciertas casualidades ridículas, puro karma o condena. Como si las cadenas humanas fueran un artilugio de andá a saber quien para torturarla por sus acciones o por sus inacciones, por los sufrimientos que la agobiaban y los recuerdos que no querían irse. El día que Antonia apareció anonimamente en su vida -o no tanto- haciendo un comentario meramente gramatical, Marisa no comprendió de quien se trataba. Solo un tiempo después, mientras vagaba con cierta nostalgia y con mucho aburrimiento por tierras prohibidas, volvió a ver aquel nombre y aquellas palabras y volvió en el tiempo para asociarlas con las anteriores. Y en ese instante sintió como la cinta transportadora de la vida avanzaba solo unos centimetros, la ubicaba bajo otro farol y le daba el papel de víctima que antes ella solía acechar. Poco tiempo después reconoció frases robadas de su mundo alrededor de Antonia. Claro que Antonia no sabía que estaba siendo observada, como muchas otras veces la que no se daba cuenta de ello era Marisa. De alguna manera las dos silenciosamente habían decidido ocupar el mismo lugar y a la vez el contrario, rotando sobre sus ejes para dar un día la cara y otro la espalda, para espiar y al día siguiente ignorar al espía. Luego de un tiempo las dos estaban seguras de que la otra sabía lo que sucedía, pero le divertía jugar a ignorarlo. Marisa no se sentía movida por el odio ni el resentimiento, de hecho encontraba en Antonia a una mujer adorable, bella, querible. Antonia callaba más, la imagen que proyectaba era más difusa, nada era seguro en su accionar. Pero claramente los movimientos eran suaves, suaves como ambas; los movimientos formaban parte de ese jugar a las escondidas entre el cableado eterno, entre las lucecitas de colores y las distancias fluctuantes. Quizás se cruzaban sin saberlo, por algún amigo en común, en el paso apurado de una subiendo una escalera mientras la otra observaba una silla amarilla o incluso en la lectura de alguna noticia peculiar. Sin dudas también estaban conectadas por una boca, por unas manos, por un cuerpo que Marisa ya había abandonado y olvidado su geografía, pero en el que Antonia seguía dibujando mariposas con las yemas de los dedos. A veces una se preguntaba que sería de las huellas del ayer, y la otra respondía que no tenían importancia, porque las huellas con el tiempo se llenan de sedimentos de todos colores, de todas las formas posibles, y cambian, y mutan, y se cubren una y otra vez hasta hacer irreconocible el camino. Otras veces, una cerraba los ojos en algún momento - casi siempre el cúlmine - para pensar que era la otra, y sentir como las manos que abrazaban su cintura se hundían más en un cuerpo un poco más grande, como el pecho ajeno se cubría de un cabello un tanto más largo. La otra casi nunca lo notaba, y si lo hacía se sentía triste pero a la vez más pequeña, más morocha por momentos y sin lugar a dudas, eterea.El perseguirse mutuamente por mera curiosidad hambrienta solía parecer un coqueteo histérico y silencioso: los comentarios sin citas al pie, los avisos del nombre ajeno que obligaban a cualquiera de las dos a abrir los ojos un poco más, ciertos gustos, afinidades, todo parecía en el fondo una búsqueda de atención por parte de la otra que costaba admitir, pero que sin embargo existía y se acrecentaba con el paso de los días y de los medios habilitados para el juego tramposo.Marina sabía algo de Antonia que Antonia no sabía de Marina. Es que a Antonia jamás podrían haberle informado aquello que ella también sabía, pero de sí misma, porque pertenecía al campo de los hechos posteriores a la ruptura de la primordial cadena comunicacional -y humana- entre ambas. Y si Marina sabía lo que sabía de la diminuta Antonia, había sido por puro comentario vanidoso, por orgullo de macho mezclado con alcohol y olvido mal construido.La información inequitativamente distribuida era un arma, sin dudas. Pero siempre había sido un arma de fantasía, una pregunta clavada en el yeso del cielorraso, imagenes borrosas saliendo de las manos. Cada una por su lado admiraba cierta belleza, el brillo del cabello, los espejados minúsculos senos. Marina sentía una irremediable pena hacia el corazón de Antonia, pero al mismo tiempo una infinita gratitud hacia su hermosa y dulce alma. Sentía que tenía con ella la deuda de haberla librado de una culpa infinita, y a la vez de haber librado a otra persona de un dolor insoportable. Antonia vivía preguntandole a la vida lo mismo que años atrás Marina se había preguntado: qué tenía la otra que fuera tan cautivante y a la vez letal como para matar un corazón, para volverlo una coraza. Pero la pistola seguía cargada, seguía allí cual fantasía de aburrimiento y verano, seguía brillando dorada, rosada, plateada. Latiendo bajo las sábanas, frente a una foto borrada. Lo único que seguía sin aparecer era el cruce de caminos, la coincidencia de las horas.Los meses de juego habían llevado a una expectativa casi nula de roce, por creerlo imposible. Sin embargo, la agitación que vivía la facultad de Marina había llevado a que sus horarios cambiasen, y que las horas que pasaba en el edificio fueran para reclamar junto a sus compañeros, para participar en la acción. Si bien Antonia un par de veces había pisado el lugar, no era asidua. Pero por vivir cerca, por conocer gente del ambiente y sobre todo, por masoquista deseo de cruzar a Marina en silencio, para seguir el juego, decidió acercarse una noche en la que se discutía los puntos a jerarquizar dentro de la protesta que ya llevaba un mes. Todos los presentes estaban reunidos en asamblea, dentro de un aula gigante, rosada. Marina, desde temprano, se había apropiado de un banco abandonado para luego poder subirse a él en caso de que su mano no pudiera verse entre la multitud al votar, o que la muchedumbre altísima le impidiera la visión de cierto video o texto proyectado. Antonia entró al aula sola, desorientada; no encontraba a ninguno de sus conocidos pero rápidamente (casualidad, imán o el moño enorme que relucía en un cuerpo con cabeza agitando la mano sobre un banco) pudo vislumbrar a Marina. La agitación de todos iba en aumento (qué sí, que no, que nunca, que ni muertos), al igual que el sofocante calor primaveral. De repente el moño sobresaliente desapareció y Antonia vio como una ráfaga delgada y pálida huía del aula en dirección al pasillo más largo y oscuro de aquel piso. Posiblemente estaría buscando el agua fresca de las canillas del baño, porque de otra manera ninguna salida se hallaba por ese lado. Seguirla hubiera sido peligroso, sospechoso y sobre todo, hubiera roto las reglas del juego silencioso y obvio. Sin embargo, había otra manera de llegar, pero quizás esta era aún más larga. Desesperanzada e incluso enojada, Antonia se dirigió -al no ver luego de un tiempo regresar a Marina- a fumar a la ventana que daba al solitario patio, cuyo vacío solo era interrumpido por un pino gravemente enfermo. Entre las volutas de humo de la primera bocanada, vio de nuevo al moño -azul, brillante el raso- ahora acompañado por oscuros cabellos al viento, por una miniatura temblorosa que también emanaba humo. Impulsivamente arrojó su cigarrillo a la nada y bajó las escaleras tan rápido como pudo y curiosamente, sin tropezarse (es que la torpeza era algo común entre ellas, y por común inevitable) ni perder nada en el camino. Antes de salir al patio se detuvo. Cruzar la puerta que ahora separaba el interior del exterior implicaba también tomar una carta peligrosa. El juego a partir de ahora mutaba, su intangibilidad y sus sombras pasaban a ser cuerpos, a ser materia. Ya no se trataba de pisadas perdiendose y de palabras adueñadas, sino de diálogo real, de pestañas parpadeantes. El humo seguía saliendo de la solitaria figurita de Marina y allí Antonela encontró la respuesta al cambio de metodología: si algo las unía, además de todo lo que lo hacía, era la ardiente curiosidad, e incluso cierto tibio deseo. Y el calor es fuego. Y el fuego es..
.- Disculpame ¿tenés fuego? - Dijo Antonia sacando un cigarrillo - perdí mi encendedor y los quioscos ya cerraron.
El silencio se adueñó de nuevo de la noche, del pino, de los bancos y los afiches. Incluso el viento parecía expectante frente a la pregunta, frente a la posible respuesta.Como cacheteada por una palma inesperada, Marina miró a Antonia. No la había visto llegar y al reconcerla -finalmente, frente a frente- no pudo hacer menos que sonreir perpleja.
- Sí, sí, disculpame, estaba en otra. Tomá.
Marina sacó del bolsillo de su bolso un encendedor púpura con brillos y lo acercó al cigarrillo de Antonia, a su boca. El fuego titilante iluminó cálidamente su nariz diminuta -como sus labios- y sus pomulos un tanto prominentes. Marina sintió en su sangre una irrefrenable sensación indefinible, y casi quema sus dedos al retirar el encendedor. Ambas fumaban en silencio y mirandose esporádicamente, como diciendose en silencio todo aquello con lo que no querían profanar la quietud azul del cielo. Hablar, reconocerse, declarar que sabían las dos que la otra sabía lo que ambas sabían hubiera sido declarar una derrota bilateral instantaneamente. No, no podían asumirlo, no debían, hasta el final. Pero ¿cuál era el final, qué era el final, si siempre habían esperado ese encuentro para cambiar la rutina tramposa y espía que llevaban desde hacía meses?.Mientras el humo poco a poco se agotaba, la situación seguía sin cambiar entre ellas. Las fichas no avanzaban. La caja de cigarrillos de Antonela repentinamente quiso huír de su bolsillo y se estampó contra el suelo de baldosones grises. Inmediatamente las dos se agacharon para levantarla y los dedos finos se superpusieron momentaneamente. Durante un fragmento de segundo las manos quisieron tomarse para luego decretar sin palabras que lo mejor era manerlas separadas, y al volver a sentarse las dos debieron mirarse inevitablemente.El viento revoloteaba los cabellos de ambas, y el fuego que alguna vez había encendido sus cigarrillos ahora parecía encender sus rostros. Casi como un acto reflejo, la mano derecha de Antonia se posó en una de las rodillas de Marina, y ella, sabiendo lo que sabía y vislumbrando que ahora Antonia también había descubierto su parte del secreto, rozó con el anverso de su mano una mejilla de Antonia, para pasar luego fugazmente por sobre sus labios. Cuando las miradas pudieron cruzarse y sostenerse, las manos decidieron entrelazarse. Poco a poco el aire se volvía más ansioso, y la distancia, menor. Cuando el resultado parecía obvio, por fin la voz, las preguntas, afloraron de las gargantas:- ¿Lo querés? Susurró Marina saldando una herida pasada propia, una futura ajena.
- Sí, claro, pero vos...
- Yo, yo. No, no repitas las historias. Vos no seas yo.
Antonia sonrió y acomodó el pelo de Marina. Sonrió de nuevo, con su boca rozó sus labios, caminó hacia la puerta, saludó con la mano y se alejó dando por empatado el juego, sintiendo que un terror -ese repetido, ese apropiado- había sido asesinado.

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