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domingo, octubre 03, 2010

Aves

El agua dulce de repente se empezó a esfumar. No, no quería rodearme de una libertad hecha de engaños, que simulaba vuelo pero en realidad me mantenía encadenada. Yo tenía dos alas. Dos alas enormes, de distinto color. A veces se plegaban en una, pero siempre querían seguir rozando dos nubes diferentes, dos árboles de distinta hoja. Dos, muchos, no importa. Porque quizás en dos se resumía todo aunque también sé que yo era el tercer punto, ese intermedio entre las dos alas, la eterna falta de definición, un ir y venir en el aire. Yo, pájaro, ¿lechuza?, yo al vuelo.
Un día decidí encerrarme, en una de esas jaulas enormes que construyen la ilusión de seguir siendo libre. Era una jaula llena de aves, de distinto sexo, tamaño y color. Era una jaula bellísima, y de repente yo me hallaba allí libre de hacer lo que quisiera, pero no como quisiera o con quien quisiera. Era un pájaro que había elegido volar, picotear, rozar, de una manera justa, igualitaria. Pero no podía hacerlo con el mismo desenfreno para los dos lados de mis alas, porque uno para siempre estaba ya adueñado. Encadenada mi ala izquierda, y sin embargo yo me negaba a encadenar cualquier ala ajena. Porque ¿viste? siempre la libertad había sido mi amiga, y la libertad justa, la mejor. Libertad no se gradúa, es o no es; no se disfraza, no acepta otro nombre. Yo condené mi libertad, pero también nací condenada a ser libre. Yo decidí pedirla prestada, y también la regalé por completo. Mi media libertad es libertad entera de otros, pero para que esa pueda ser entera, la mía también debería serlo. Y es una asesina pregunta, si después de todo no es algo que yo realmente o actualmente desee, sino simplemente una cuestión de equidad.
Claro, los pájaros quieren volar, porque aman el aire, la libertad. Y el agua se escurre, se evapora, y yo no sé si me equivoqué en el momento de elegir, o cuando dejé de reprimir.

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