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sábado, septiembre 18, 2010

Milena

Comenzar a narrar implicaría revivir el golpetear gomoso de mis botas, los nervios y el qué pasará. Recuerdo -y no puedo evitar, violentamente, comprender que siempre recuerdo lo mismo- el cielo negro que no permitía asomar al sol de la mañana, el tinglado siendo ametrallado repentinamente por la lluvia, la fría humedad congelando los baldosones. Todo eso lo recuerdo como elementos previos y posteriores, porque al pasar el umbral de la puerta, con los nervios de primeriza a flor de piel y la voz preparada para salir tímida pero firmemente, solo me encuentro con una multitud de jóvenes y con Milena. Y allí, en ese instante de ojos maquillados, de piel pálida, de sonrisa honesta y cabellos negros, muy negros, empezaría el verdadero relato de los hechos, que no contará, jamás, la historia de todo lo que pasó pero -y no me molesta decirlo- poco me importa.

Pero las historias necesitan contexto, sobre todo las historias que no fueron. Necesitan ser ancladas en un parque primaveral lleno de árboles frutales emanando dulzura, en un cuarto de hotel en plena madrugada, ella bajando la cabeza y él sintiendose tirano, entre las cuatro paredes de una cocina, derramandose sobre la mesada, a la izquierda de la heladera, o también, como en este caso, dentro de un aula pulcra, casi hospitalaria.

Después del ingreso, de los nervios, del comienzo de la tormenta, y de los ojos, el pelo, la hermosura más perfecta, tangible y a la vez, lejana; después de tal visión y de todo lo que ya conté, había que emprender la tarea por la que yo, realmente, estaba ahí. El tiempo se había detenido y a la vez seguía avanzando y no podía quedarme parada, anonadada, con el corazón latiendo con violencia y el frío alejandose de mí, para toda la eternidad.

Entonces, la presentación de rigor. Hola, yo soy; hola, yo vengo a. Vamos a decir que veinte, aunque en realidad diecinueve; no, de otra ciudad; y bueno, esto se trata de.

Risas, explicaciones, yo sentada al frente de mi pasado (pero más bello, más querible) y frente a alguien que en mi pasado jamás se presentó, para bien o para mal.

Todo el mundo tan simpático, tan concentrado y yo tan absorta en la novedad de mis descubrimientos atemorizantes, repletos de la soledad más sensual porque cuando no es soledad es reflejo y suavidad, y Milena -nombre tan hermoso como su referente- diciendo que se iría solo si me comprometía a no mirar los resultados (los resultados, mirar, mirarte ¡tarea ardua de resistir!). Sonrisa la mía, sonrisa la suya y las perlas y los labios, sonriendo ambas pero jamás más lejanas; mi deseo era uno sólo esfumandose tras su presencia huidiza y por más que el resto quedara, por más que mi tarea aún se alargara, el espacio vacío de prohibiciones anheladas pesaba, laceraba.

Cuando la jornada había acabado ya, sólo quería saber más y más de la imagen inolvidable que sólo podría apreciar -porque todos conocemos las maldades de la vida, los seres que por un tiempo están y después jamás volvemos a hallar, como aguja en el pajar de habitantes mundiales, como transeuntes perdidos en una ciudad desconocida- por los cuatro días que durara mi tarea, mi contrato. Intenté por todos los medios de la época de encontrar algo que me dijera quien era esa señorita, más allá de su nombre y sus planes, de sus bucles y su cadera, de sus ojos -siempre son ojos- de otoño enmarcados en lo negro de las obesesiones de mentira femenina. Pero los enriedos de los apodos, de los dobles apellidos y las tildes elididas me desviaron, me desanimaron.

Al día siguiente, idéntica rutina amanecía. La tormenta amainaba, el barro pintaba toda pared habida y por haber. Las rutas aún brillaban, los colectivos humeaban más. Los árboles no habían dejado de llorar. Y mi taconeo, mi zarandeo, mi mentira gatuna de ese día de nada sirvieron -o sirvieron a otros, pero no a mí ni a su mirada- porque el agua, las sábanas cálidas, un colchón quizás, también un desayuno y supongo que algún abrazo viril habían sido más fuertes que los libros, que la ortografía y la interpretación de texto que ese día caían del Estado, o salían de las cajas. Milena no, muchos tampoco, algunos expectantes y curiosos, yo... sentada, correcta y agradable, pero sin un engranaje, con menos combustible también.

Esa mañana la tarea fue rápida, corta. Fue un par de movimientos y un "buen fin de semana". Fue sonrisa pero sobre todo ausencia. Y ansiedad.
Ahora tenía dos días para esperar con impaciencia el lunes, tenía dos días insoportables en los que pensaría con idiota ilusión en ese ser cuyo paso por mi vida sería tan efímero como eterno. Se volvía asfixiante, por momentos, la idea de simplemente haberme fijado en ella. ¿Qué implicaba eso? Bueno, absolutamente todo lo que sabía ya desde hacía un largo tiempo, realmente no implicaba nada nuevo. Quizás simplemente implicaba la seguridad de no poder alcanzarla porque no se podía, porque no se debía. Porque eran muchas las razones que relegaban a Milena al papel de un hermoso espectáculo, pero intocable al fin y al cabo. Y por más doloroso y cruel que eso fuera, también era relajante; eran cuerdas censoras, pero también protectoras.
Ahora con sol, ahora con un cálido roce primaveral comenzaba de nuevo la semana. Era buena señal el cielo límpido, los pájaros cantando. No me equivocaba al considerar cada rayo de luz y cada nota aviar un presagio positivo: al ingresar de nuevo al aula, pude hallarme de nuevo frente a ella, con su bello atuendo, con su boca y su mirada. Otra vez el saludo diario, otra vez la explicación del cronograma a desarrollar, y ahora en un movimiento fugaz, al entregar las hojas, una visión pálida arremetió contra mis ojos: sus clavículas contorneandose suavemente, encuandrando su escote. Imágenes que se perpetuan en la vida, como esas, habrá -lo sé- pocas. No encontraba señal alguna de la posibilidad de mi nombre en su agenda, de la chance de su imaginación posada en mi cuerpo, pero tampoco tenía certezas -más allá de esas que construye el mundo, de la visión que no es de uno pero poco a poco nos apropia- de lo contrario. Realmente, tampoco importaba demasiado. Ella era joven, posiblemente de esas que necesitaran amor más que ardor. No esperaba enamorarla, quizás sí seducirla. En mi alma el amor ya tenía espacio con firma, y solo hacía de vez en cuando lugar para el sexo, aquello que, contrario a las creencias, se acerca mucho más al odio y a la sangrienta guerra que al cariño. De ella si esperaba algo, más que entretenerme mientras hacía mi vana tarea de esperar, era enroscarla en un mundo que ni siquiera yo conocía aún bien. Pocas palabras intercambiamos ese día, recuerdo una pregunta que no le supe contestar y un saludo. No sé si hubo algo más, sus clavículas me obnubilaron lo suficiente como para ocultar el resto de los sucesos.
Se acercaba el último día, mis últimos momentos con ella. Me preparé más que nunca y sin embargo, no me sentía confiada. Me sentía ajena, pequeña, insignificante por sobre todas las cosas. Pero tenía un horario que cumplir, un trabajo por realizar. Y disfrutar mi última mañana junto a la más prohibida fruta del banquete.
Todos festejaron mi pequeño regalo de despedida, y todos cumplieron con lo planteado al igual que el resto de los días. Ella -como siempre- fue una de las primeras en terminar y en salir. Me quedé un poco más de tiempo que lo usual, ayudando a un par que tenían que cumplir con trabajos fuera de tiempo. Cuando todos hubieron usado el tiempo como lo necesitaron, salí. Me despedí, hablé un rato con los que quedaban en el pasillo. Realmente había disfrutado la experiencia, y ya tendría tiempo para averiguar un poco más sobre Milena. Tenía los medios, tenía la falta de certezas para llenarla con indicios. Seguía teniendo una posibilidad de arrastrarla silenciosamente. ¡Si hubieran sabido ellos que solo miraba a ella!. Me dirigía a buscar a mi compañera cuando vi venir a Milena. No había dudas de que era ella. Abrazada, riendo, besando a alguien. Un hombre sin nombre para mí, la tenía en brazos, la tenía contra su cuerpo. Y pasó a mi lado, pasó junto a él. Escuché como me decía "chau" -pero si lo dijo, aunque él estaba y aunque yo pasaba y se detuvo aunque sea un segundo a pensar, y tuvo un centímetro de consideración al saludar-, y a mí, con amargura, con el desgano de tener que luchar contra más que solo la torre social, solo me quedó responder "chau Milena" y alejarme abandonándola para algún día -hoy- transformar la inexistencia de nuestras caricias, en palabras inútiles.

1 comentario:

www.carovianco.blogspot.com dijo...

"Pero las historias necesitan contexto, sobre todo las historias que no fueron"
... y alejarme abandonándola para algún día -hoy- transformar la inexistencia de nuestras caricias, en palabras inútiles."

Una mujer enamorada de otra mujer: inagotable "desasociego" que se siente cuando eso te sucede, porque al factor de la coincidencia en el amor hay que sumarle la coincidencia en el sexo, cuanto "desasociego" sentimos al ver que alguien que amamos no nos ama a nosotros, pero siempre hay aunque sea en grado mínimo un grito esperanzador que nos consuela en ese momento y nos dice "tal vez este no fue el momento... quizás habrá otros momentos..." pero el saber que nuestro objeto de deseo es incompatible con nuestro sexo, nuestro corazón debe hacer un duelo amarguísimo y rotundo un "desasociego" sin escrúpulos, la vida misma enfrentada cara a cara con la muerte de la esperanza.