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lunes, agosto 30, 2010

Un poco como ese capítulo.

En tu boca, entre el recuerdo de humo y cigarro, podía saborear la pasión -también algúna que otra redondez ajena- y el sexo; en tu boca se mezclaba cada rastro de mi cuerpo, cada grito proferido.
No te podía ver, ceguera elegida, oscuridad voluptuosa. Mis ojos, mis manos, mis labios; mis ojos todo menos ojos. Tu voz, tu boca, tu piel, vil suavidad, adictivo recorrido. Los chispazos no llegaban a arrancarme de lo negro del placer, la tormenta que auguriaban las persianas gimiendo no se comparaban con nuestros silencios rotos. Nada será jamás similar a la historia enjaulada e imposible de capturar. Al resplandor invisible, al fuego invernal. Nada, jamás. Las tormentas y las guerras son nuestras. Por siempre rebotando en la memoria verduzca, en el vapor y la irrealidad.
Vos, yo, bocas manos cuerpos todo y vos y yo y a veces más pero siempre vos-yo. Suave, lacerante, incomparable infinidad. Los sentidos enloquecidos, la sensación perpetuada.
Vos-yo.

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