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sábado, agosto 28, 2010

Ícaro

De tanto vivir en la luna -plateada, fría, pálida- la vida se había vuelto lunática -por supuesto- y también sencilla. Gravitaba alrededor de la Tierra, que gravitaba alrededor del sol. ¿Libertad? No, por supuesto que no. Mis alas, inútiles, relucían bajo las estrellas. De repente me pregunté ¿Por qué sólo una cara reluce? ¿Por qué yo, alrededor de la Tierra y la Tierra -poderoso imán para esta pobre Selene- alrededor del gran Sol?
Sol, elige la cara que brilla, elige la cara que nunca amanecerá. Sol, terror y a la vez misterio, tu luz ¡tu luz, debo llegar a tu luz!.

En la luna mis alas no tenían sentido: No las necesitaba, no tenían utilidad. Por una vez, ahora, servían para algo: para alcanzar el sol.

Triste error; volé y volé y la luz cada vez más cerca; podía sentir la felicidad y el brillo ¡por fin! hasta que de repente, de repente ya no pude volar. Mías habían sido las alas, mía la chance de libertad. Ahora, tal como aquellas de Ícaro, las mías se derretían. Ya no había alas. Tampoco libertad, era el precio de la elección. Yo, vagando eternamente. Yo, perdida, abrasada por el calor, por el astro mayor. Yo, muerta.

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