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martes, agosto 24, 2010

Crónicas intexistentes 3

Vi entre la seda y el tul, un rostro que me resultó familiar. Claro, no era ella pero se parecía. Un poco más petisa, un poco apenas más flaca, el pelo más largo (¡pero el pelo crece!) y no sé su nombre, pero andá a saber si no era el mismo que aquel que escuché durante mucho tiempo y que incluso aún tengo agendado en mi celular.
De todos modos lo curioso no fue eso. Lo curioso sigue siendo, para mí, el juego repetitivo de los nombres. Si hay uno que no para de multiplicarse a medida que mi existencia avanza, era ahora otro -EL otro- el que aparecía para reirse de mis impresiones y reminiscencias. Fue cuestión de un segundo; sólo necesité escuchar a mi madre decir "Ella es la esposa de fulano, la mamá de..." Ah, la mamá de. Como yo pensaba. La mamá de un homónimo a lo que mi mente elaboró. Parecidos. Y espejismos.
Saltando de una inexistencia a otra, debo confesar dos cosas: una es que después de millares de años, una de esas cuestiones que tanto me traumaban en su momento regresó, pero atenuada. Bah, fue cuestión de recordar esa película inconclusa con el sol y las cortinas, mientras caminaba por esa calle victoriosa y anaranjada, para ver aparecer entre la oscuridad y los colectivos tricolores, la imagen de alguien cuya sangre la misma que la de la más antigua de mis inexistencias. Boquiabierta, yo, sólo pude reirme un poco para mis adentros y pensar que, increiblemente, únicamente faltaba una bicicleta.
Y bueno, para no ser menos lo digo: también -y por una vez, porque no es algo común- se dio una repetición de nombres en ese ámbito. Y vaya poesía la que hallé.


Respecto a los nombres, creo que aquel nombre tan magnífico está destinado a rodearme por toda la eterniadad. Qué entretenido.

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