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domingo, agosto 15, 2010

Crónicas inexistentes

En el fondo, quizás el final de la primera parte fue lo más lógico del mundo. La existencia de los seres inexistentes solo es posible mediante la repetición. Y la más uniforme de las repeticiones se da en la comunión de recuerdos; en la completa síntesis de cada parte en uno.



No sé que tanto frío hacía realmente, yo pasaba las hojas acartonadas con guantes, como ajena a su real esencia. Un pasillo, un sendero, todos los puntos igual de verdes y de metálicos, pero cada uno con ojos y voces diferentes. También sonrisas (¿no empezó todo con la sonrisa? ah, no lo creo) variables, discusiones y etcéteras. En la esquina, frente al verde (verde, siempre verde todo verde) del subte y de la plaza, encontré un libro. Libro raro, si los hay. Quizás su rareza radique en que, si lo conozco, es porque me lo regalaron, y si me regalaron justamente ese ejemplar, es porque otro no se conseguía. Libro ignoto también, hasta donde mi ignorancia conoce (o desconoce) ya que jamás lo había vuelto a ver en ningún expositor, ni oí a nadie hablar de él. Pero ayer, bajo las nubes de algodón pomposas y el viento y el frío y agosto, lo encontré. Estaba expuesto bajo el cartel de "1 x $25, 3 x $50". Fugazmente se me ocurrió comprarlo; había junto a él otros que me interesaban. Pero yo estaba allí para comprar otras cosas, otros materiales. Y después de todo, a esa rareza ya la tenía, exactamente por la misma editorial, la misma tapa fantasmagórica, el mismo título de droga. De comprarlo iba a ser para devolver un tesoro -pero los regalos no se devuelven- lo suficientemente sacrificado en su momento. Luego de unos segundos, comprendí que al fin y al cabo iba a terminar teniendo dos libros iguales en mi estante, porque de nuevo, los regalos son eso y realmente había -hay- una bajísima probabilidad de llevar a cabo la empresa. Una probabilidad inexistente.

Caminando, ya no recuerdo por donde, escuché, a gritos, un nombre. No sé si era ese, fue un grito que unificó cualquier grafía. Supongo que sonreí, las repeticiones también se dan en los nombres -como se dio una ayer, cuando me enteré de que yo también podría haberme llamado de una manera determinada, y que ahora nacería una niña llamada así en noviembre y era hilarante ¡hilarantísimo- y en los vientos. Me pregunto cuanto vacío quedó estancado en esa cuadra y media que no permite que nos hallemos casualmente en la esquina intermedia. O qué era lo que permitía que un domingo al mediodía, cuando casual y raramente pasaba yo por allí, también lo hiciera otra persona. Son cosas que uno se pregunta cuando está solo en el medio de una ciudad enorme, cuando abraza la soledad y escucha un llamado que no va para mí, pero remite al desencadenador de ciertos destinos. Es un enriedo lo que quiero decir, lo sé. Lo único que importa es el grito, el nombre y el recuerdo.

De todos modos, a riesgo de volverme reiterativa, repito lo que dije inicialmente, solo porque dio final a la crónica inexistente de mi día de ayer: la síntesis extraña que a veces surgen mediante la imaginación ajena, justifica que lo ya ido permanezca existente en la reiteración de similitudes.

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