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domingo, agosto 15, 2010

Compre tiempo a un módico precio.

José corría todo el día; José se levantaba a las 6 de la mañana y desayunaba un sorbo de café, besaba a su esposa que apurada por apurar a su hija ni lo notaba y se dirigía a tomar el colectivo sin mirar a los dos lados al cruzar la calle. José trabajaba de traje y corbata, tipeaba todo el día sin parar, a veces comía una hamburguesa en un local multinacional y se camuflaba entre la multitud impersonal. Salía a caminar por las avenidas luego de las cuatro de la tarde, esperaba al colectivo sin reparar en la sonrisa ajena ni en el llanto de la niña que no hallaba a su madre. Tampoco le llamaba la atención el hombre que con sus hijos abría bolsas de basura, ni la señora de bastón que repartía panfletos religiosos; subía a un coche abarrotado y no se preguntaba por qué la chica embarazada seguía parada y el adolescente mascador de chicle no dejaba de mirar por la ventanilla: él en la ventanilla sólo veía colores diluídos, luces apagadas y cemento, cemento. Llegar a su casa le importaba demasiado: era el momento de sentarse y sacarse los zapatos. Las horas habían dejado de existir más que para dejar de hacer algo para pasar a otra cosa, las fechas sólo importaban si se trataba de cumpleaños. ¿Entonces qué había sido del tiempo? El tiempo se esfumaba, la gente se moría, su esposa se arrugaba. Su hija crecía a pasos agigantados, le quedaban cortos los pantalones, la primaria se había pasado volando, de repente quería salir con sus amigas, rapidamente -pensaba él- traería un novio a casa.
Y la plata que faltaba, y los domingos en los que ya no veía el sol porque tenía sueño o porque el cine era un lujo inalcanzable se acumulaban en una pila infinita de tributos monotemáticos.
"José, hace mucho que no comemos afuera."; "Papá, hoy fui abanderada, mamá sacó una foto para que me veas";"Mi amor, ya no me acuerdo cuando fue la última vez que bailamos"; discursos culposos que no tenían otro refugio que ese departamento que tenía la vorágine impregnada en la alfombra y la comida enfriándose para el día siguiente.
Un día esperando por la tarde el colectivo, José escuchó algo que lo arrancó del automatismo. Una voz chillona pregonaba un producto absolutamente innovador que hacía feliz a cualquier comprador -pero eso dicen todos- de un momento para otro. Bastó girar la cabeza para no poder abandonar el espectáculo: el vendedor en cuestión vestía un traje impecable, zapatos recién lustrados y unos anteojos enormes que hacían de sus ojos, los ojos de una lechuza; a su alrededor relojes de arena, relojes de agua, relojes de colores, de agujas y de sol. Relojes digitales y de péndulo ¡Relojes, relojes!.
- Disculpe ¿Vende usted relojes?
- No caballero ¿Vender relojes, yo? Lo que vendo yo es algo absolutamente original, aunque más viejo que la historia; algo increíblemente codiciado, aunque cruelmente malgastado; algo que haría sonreír a más de un anciano, e insultar a más de un acelerado... yo vendo tiempo.
¡Sorpresa! ¿Quién podría vender tiempo?
Pero continuó:
- Yo vendo tiempo sí. Si hoy se vende de todo; desde siestas hasta historias personalizadas; se venden ilusiones disfrazadas de pastillas y éxitos arropados en lentejuelas. Hay gente que vende belleza, otros que venden perfección; yo vendo eso que le falta a todos: tiempo. Y nadie puede llamarme estafador.
- ¿Y cómo logró encapsular el tiempo, para así venderlo?.
- No puedo decirselo,´arruinaría mi negocio. Lo tengo aquí -dijo sacando una cajita de su maletín- sí sí, aquí. Y usted puede tener su porción de tiempo, para hacer todo lo que no puede hoy por hoy o para disfrutar una ocasión especial; usted dispone de él para usarlo como quiera, y por increíble que parezca ¡dura toda la vida!
El tiempo. El tiempo que a él se le había escapado de entre los dedos ya era ayer, pero tal vez ahora, si... pero no, era sólo una mentira ¡otra mentira más!. ¿Y si funcionaba, maldita curiosidad? Perdería un poco de dinero, de eso tan poco abundante, pero también viviría seguro de no haber desperdiciado una chance insólita y mágica.
- Le compro una caja, le compro mejor todas las que tengo.
- Momentito... ¡Una por persona!
- Le compro una, entonces. ¿Cuánto es?
- No es tan fácil, mire. Le doy la caja y también le doy un sobre. En el sobre están las instrucciones de pago y los medios para contactarme. El contacto debe hacerse después de un año de uso, cuando esté conforme con el resultado. Podrá encontrarme, lo prometo. Y en la caja está el producto. Qué tenga suerte; sepa disculparme pero me espera la próxima esquina.

El vendedor de tiempo se fue caminando, y José quedo parado en medio de la velocidad urbana, con una cajita roja de terciopelo en la mano y un sobre en otra.
Decidió volver a su casa y jamás abrir la caja, para no develar la verdad o el engaño. No, el tiempo no se podíacomprar, como tantas cosas que no podían comprarse pero la gente se empeñaba en adquirir. La caja quedaría intacta y el sobre guardado durante un año. Pero el tiempo que tenía para vivir, comenzaría a usarlo de nuevo a conciencia. Los minutos y las horas valdrían la pena, sería cada instante uno nuevo y no un objeto de consumo masivo y diario. Los años dejarían de pasar como una aplanadora por sobre él y su familia; la velocidad disminuiría un poco para mirar las flores, los pochoclos, los jardines y las hamacas. Más música, más risas y menos ceguera. Más miradas atentas.
La vida, poco a poco, volvió a ser vida y no cárcel.
Una noche, ya tarde, José miraba una película con su esposa. Luego de terminada, mientras tomaban un café, ella comentó al pasar:
- El otro día encontré un sobre en el placard. Lo abrí, decía que no era necesario pago alguno por el producto, porque el tiempo no se vendía ni se compraba; el tiempo se aprovechaba y el comprender que uno lo iba perdiendo de a poco, llevaba a vivir el día a día. Y algo así como que lo que hacía él -¿Quién es él, de paso?- era obligar a los transeuntes a detenerse y darse cuenta que lo que estaban haciendo no era vivir, sino andar a ciegas. Que sacaba de la velocidad a los que podía llamarles la atención y les devolvía la posibilidad de cambiar un poco su vida. Una locura, realmente. ¿De dónde salió eso? ¿Comprar, vender tiempo? ¿Estás en algo raro vos?.
- No mi amor, no te preocupes. Digamos que esa carta me la dio alguien con buenas intenciones. Una de esas personas que jamás te dicen su nombre, pero que te abren los ojos, toman sus cosas y siguen caminando. O como muchos dirían, un loco. ¿Qué linda noche no? ¿Bailamos en el balcón?

1 comentario:

cAROVIANCO dijo...

"...esperaba al colectivo sin reparar en la sonrisa ajena ni en el llanto de la niña que no hallaba a su madre. Tampoco le llamaba la atención el hombre que con sus hijos abría bolsas de basura, ni la señora de bastón que repartía panfletos religiosos"
El automatismo que me imposibilita la percepción, que me imposibilita el sufrimiento, o el desautomatismo en el que me caigo al precipicio sin red..."