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domingo, agosto 01, 2010

1999

Era tan extraño, acercarme al fin de una era, a un pedacito de infancia y hallar, en el camino, ese espacio perdido en el tiempo. La oscuridad y la segura inexistencia previa y futura circulaban como el aire por esa habitación cuadrada, negra plateada luminosa, repleta de aparatos que no sabían que el siglo XX había terminado, o que al enfrentarse al último día de 1999 habían preferido detenerse por siempre en un verde pixelado antes de continuar con su vida, posibilitando una auto-traición. Y la máquina de peluches, y la máquina de pelotas ¿Oías vos también esa música hipnótica que emanaban? Música monofónica abandonada en el ayer, eco de lo que habíamos sido -jugado- cuando aún podíamos ser (o jugar o qué más da) sin pensar en ser algo más que ser.
Yo gritaba ¡Vórtex! y vos decías que en cuanto pasabamos el límite de la alfombra y la luz no se podía escuchar lo que venía de afuera (del presente, diría yo). Yo preguntaba si la máquina expendedora de fichas seguía funcionando, porque parecía estancada en la convertibilidad; vos mirabas y decías que no, que debía estar mal, porque pagando con aire -sueños- te daban algo, y en esta vida las cosas no son así.
Intermitentemente quería volver, ese lugar era un imán maravilloso. Era REM, No Dobut y Oasis en versión alucinógena. Eran carteles que habían permanecido allí a pesar de las crisis y las quiebras. Era Francia 98 y colores fluo. Era una Sibarita (¿Por qué es tan rica?) comida y una niña jugando un juego que no andaba. Era ¿Era o es? 1999. Y en sólo segundos, ibamos a ver, luego de años, su final continuación.

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