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miércoles, julio 07, 2010

Bisturí [qué curioso...]

Qué juegos mentirosos. Que manga de hipócritas que éramos todos y cada uno de nosotros. ¡Por Dios! Como no me di cuenta antes de la cantidad de mentiras que decía. ¿Y si no fue así? No, en cierto punto yo no quería que lo fueran, tampoco lo eran. Pero¡ fue mientras duró una batalla silenciosa, una relación llena de recelo y desconfianza. El llegar a nunca decirse un maldito "te quiero" lo dice todo. Con lo fácil que se dicen esas palabras hoy en día, se dan como si fueran preservativos del gobierno o panfletos informativos en la calle. Simplemente llegamos a donde llegamos sabiendo que algún día pasaría. Esperabas que te clave el puñal, esperabas que te robe el premio. Yo esperaba que me quites el alimento, o que me odies. Reformulo: ambas esperabamos odiarnos la una a la otra. Pero si no pudimos decirnos te quiero (aunque nos quisimos, pero la maldita manía de nunca confiar en nadie nos impidió expresarlo) mucho menos vamos a odiarnos expresamente. Nos creemos lo suficientemente maduras como para un juego tan infantil, y además, pretendemos hacerle creer a la sociedad que nos importa un bledo lo que haga la otra. Mentira. Otra vez mentira. Es la base de nuestra relación, o de nuestra no - relación. Aunque claro, relación hay siempre. El entramado social nos tiene atrapadas en la misma red. Redes, en estos tiempos-punto-com. ¿Como llegúe a esto? Mirando unas fotos viejas, un par de cartas guardadas, anécdotas que vivimos juntas, planes, ¡tantos! que en este hoy, deseamos derramar sobre nosotras mismas antes que sobre las antiguas víctimas. Como nos gustaría arrojar ácido para desfigurarnos y decirnos esas verdades filosas que nos harían sangrar, y que sin embargo y sin motivo aparente, condenamos al cementerio del silencio.
¡Qué cantidad de sonrisas falsas nos dedicamos! Que derroche de camadería de cartón...
Vos me quisiste (¿me quisiste?) y nunca lo dijiste. Tampoco lo hice yo. Ya te digo, no me canso de repetirlo: sabíamos el desenlace, estabamos simplemente haciendonos creer que podía ser de otra manera.
Ahora no me querés pero me mirás desde lejos. Ahora no te quiero pero me quitás la cordura en tardes de paranoia y mañanas sobre ruedas.
Compartir, sabíamos, iba a llevarnos a la ruina. Por eso intentamos evitarlo. Pero cuando bebíamos del mismo vaso, luego limpiabamos furtivamente el labial que dejabamos en el borde. Cuando se nos rompía la taza de porcelana de la otra, ocultabamos los restos en el paragüero. Polvo, polvo sin duda, bajo la alfombra y el colchón.

Sabés que soy alérgica al olor a desinfectante, hasta en pequeños detalles tendés a arruinarme el día. El blanco me pone de mal humor, y tanta gente vestida de ese color que no es ni verde ni azul me marea. Pero como soy tu hermana, soy la única que puede salvarte por ahora. Repiten que mi hígado y el tuyo son compatibles, etc, etc. Apelan a mi bondad, a mi humanidad. Dependés de mi hígado (o el de cualquier otro, pero primero del mío) para seguir con vida. Cuanto te apuesto a que no lo aceparías.
¡Compartir, para colmo, el hígado!.
Y todo puede salir mal.
Pero bueno, si de eso se trata, lleguemos al final de la cuestión. ¿Egoísmo a esta altura, para qué?. Así que sin más, acepto. Sueños compartidos nos sobran, pero sólo uno puede verse cumplido al mismo tiempo para las dos. La muerte de cada una por causa de la otra. Ultimo deseo satisfecho, y sobre las camillas se baja el telón.

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