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domingo, diciembre 27, 2009

Tiempo al tiempo tengo que esperar.

Es cierto lo que muchas veces me dijeron: Dejá que pase el tiempo.
Pero mi impaciencia volvía a esa tarea un hecho casi imposible. Quería todo ya. Lo sigo queriendo. Pero hoy en día, con las aguas calmadas, me doy cuenta que de otra manera, inmediantamente, no podría haber sido. ¿Por qué?
Porque hay que dejar que la tormenta amaine. Y a medida que pasan los meses, vamos volviendonos seres civilizados y el aire se distiende. Uno empieza a poder nombrar sin ira, hablar sin bajar la mirada. Se empieza, de a poco.
Se cree que las cosas que tienen que ser, son. Mil veces, eso si, decoradamente, dejé en claro que en el fondo sabía que algún día eso iba a suceder. Y como sucedió, de a poco pasa. Después del cénit, viene la indiferencia y la normalidad. Esa que la impaciencia no me dejaba entreveer a futuro, y que deseaba, destructivamente, que llegue de un día para otro. Tiempo al tiempo, siempre.

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