Buscar en este blog

sábado, diciembre 12, 2009

No somos nada.

Una hora había pasado ya, tirada en la bañera, malgastando agua. Golpeaba sus uñas rojas contra la mampara turquesa con nerviosismo, pero sin perder la suave femeneidad que la caracterizaba. Parecía una escena salida de alguna película del siglo pasado: la mujer hermosa, sumergida en la bañera, brillante su piel y perdidos sus ojos, entre el humo del cigarrillo y el vapor del agua. La única diferencia aquí es que ella no estaba sumergida. Tampoco había cigarrillo. Estaba bajo la ducha. Sentía el agua caliente más que nunca esa noche. Cada contacto le producía un impulso eléctrico que recorría todo su cuerpo hasta acabar en los pies, en la punta de los dedos. No sabía si estaba muriendo lentamente o resucitando. ¿Pero resucitando de que?
Milena podía asegurar que ese último tiempo había vivido más que nunca. Trabajo, penúltimo año universitario, mudanzas, fiestas. Todo. No recordaba la última vez que había pasado una hora bajo la ducha casi hirviendo, mirando como desconociendo, sus uñas rojas, si piel pálida pero resplandeciente, el cabello negro cubriendole parte del pecho, sus largas piernas extendidas en la bañadera.
¿Por qué golpeaba con nerviosismo, pero suavemente aún, la mampara? ¿Por qué se le acababa de ocurrir que tal vez, estaba resucitando?
Había terminado el invierno y de repente la primavera se iba también. Aunque intentaba recordar, no podía reconstruír un día en los últimos tres meses en el que no se hubiera acostado pasadas las tres de la mañana. Estudio, ocio cibernético o fiestas. Podía recordarse riendo un par de madrugadas entre gente de la que no sabía el nombre ni el apellido, solo apodos con suerte, y que no había vuelto a ver. Y decía recordarse aunque fueran solo imágenes difusas, manchadas por el humo, el alcohol, las luces intermitentes.
Pero a la vez todo eso le había dado alegría, una vida que anteriormente no se había atrevido a vivir, por no saber equilibrar sus ocupaciones.
Entonces, ¿Muerta? No había muerto. Había vivido.

El agua caliente. Caliente, le devolvía sensaciones. Electricidad, cosquillas. Esa era la cuestión. Una hora bajo la ducha para sentir el mayor tiempo posible eso. ¿Qué era?

Le costaba recordar la cara del último hombre. Se mezclaban, los rostros y los nombres. Julián, Marcelo, Horacio. Entre tantos. Envidia de muchas, Milena terminaba agendando los teléfonos y los e-mails por inercia. Si llamaban, respondía con desgano, siempre tenía algún compromiso que impedía el reencuentro. No, no se creía demasiado para ellos. Simplemente no los necesitaba, no le daban nada que la hiciera moverse un poco más. Ninguno le daba lo mismo que el agua caliente contra su piel. En ese instante sus uñas rojas resbalaron por la mampara turquesa. Ninguno le daba lo que el agua, y era en eso en lo que revivía esa noche: alguna vez había sentido esa electricidad de pies a cabeza, o al revés, y un humano la había causado. Hacía tiempo ya. Pero el rastro se perdía entre sus deseos de libertad, entre sus ocupaciones, entre sus amigas solteras. El rastro pasaba de ser amor a ser una costumbre más, como comer asado los domingos o bañarse por las noches. Ya no sabía él seguía vivo. Tampoco le interesaba contactarlo, el recuerdo había vuelto por un momento, pero no lograría perdurar, se evaporaría como las gotas que bañaban la pared, como el sudor.
Un hombre, tal vez dos o tres que a lo largo de su vida habían parecido irremplazables, ahora eran comparados con el agua caliente. Con una ducha. Todas esas palabras que uno dice a la luz de la luna, o bajo las sábanas, todos esos latidos mimetizados con los de nuestro acompañante y esos irrefrenables impulsos que uno llama amor, que uno en un determinado momento cree eternos, para Milena se habían transformado en vapor. Ya no creía en la eternidad, todos eran agua, agua de un río que seguiría corriendo, que la arrastraría un tiempo pero siempre terminaría dejandola en una orilla. No, esas cosas no eran para ella. El tiempo era divino y no podía gastarlo mojandose en ilusiones.
Prefería mojarse con el agua de la ducha. No gastaba sueños ni energías. A lo sumo a fin de mes solo tendría que pagar un poco más de impuestos.

No hay comentarios.: