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lunes, octubre 12, 2009

Oh, I never never will.

El recupero de sensaciones abandonadas no parecía posible. Claro, ese es el problema de las hojas en blanco: su pulcritud trae consigo la incertidumbre de las hojas que, antes de ellas, fueron arrancadas, quemadas, abolladas.
Es entonces que, junto con la lapicera en mano y la sensación de no poder escribir nada decente, regresa la opresión que genera el constante estado de derrota. El sentimiento de estar siempre un escalón por debajo del resto del mundo, de llegar tarde. No hay insipiración suficiente cuando de esto se trata. Vomitar, no quiero vomitar este enriedo verbal.
Pero no pude deterlo. Y la birome empieza a escupir tinta, porque se le reventó el depósito. Esa tinta pegajosa, que ensucia, que arruina. La escupe dejándo escribir palabras sin sentido, manchando la vírgen hoja con motas de odio, de desequilibrio y de profunda falta de seguridad. Manchas azules, o rojas o negras o violetas que hacen de la hoja un desastre, que se mancha con lágrimas mentirosas con doble sentido. Oh, I never. Never, never will.

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