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lunes, octubre 19, 2009

19 de Junio.

Cuando por primera vez nos miramos sin telones, sin mentiras y sin evasivas, hubo lluvia. Así, el cielo encapotado y eventualmente un par de gotas habrían de acompañarnos para siempre. El primer día de sinceridad, llovía. Perfecto escenario, invierno y aguacero, té y luces bajas para sacarnos de adentro el secreto que peor guardábamos.
Yo era mala confesando. Sigo siéndolo. Vos no sé que tenías, si miedo, vergüenza o tristeza. Tal vez todo junto. Y con nosotros, sentado, obligándonos a hablar, Lisandro. A veces pienso que su nombre era el que mejor encajaba en toda la situación: tan dramático, tan poético y literario. Los nuestros, en cambio, demasiado comunes. Pablo y Florencia. Diseminados por todo el país, jóvenes de nuestra misma generación comparten esos dos nombres. Es tan fácil encontrar a alguno, en alguna lista de la facultad, en la guía telefónica o en el padrón electoral.
De todos modos, daba igual que nos llamásemos así o de otra manera, la situación no iba a cambiar. Vos, él y yo íbamos a seguir estando alrededor de esa mesa de madera oscura, tomando un té y alargando el momento de silencio antes de empezar con la balacera de verdades.
Lisandro inició la conversación, con un poco sutil: "Me parece que tienen que decirse algo".
La palabra "algo" se quedaba corta para todo lo que teníamos para decirnos.
No me acuerdo quien empezó. Vos me dijiste que sentías cosas por mí que iban más allá de la amistad que habíamos creído sostener durante esos 6 meses. Yo te dije que había pasado por lo mismo, pero lo había logrado superar (aunque con el tiempo, comprendí que ese "superar" solo había sido meter todo en un frasco y enterrarlo en el jardín del fondo, hasta que empezara a fermentar y tuviera que desenterrarlo).
La charla siguió por ese camino, contándonos lo que cada uno había sentido y pensado durante esos últimos meses. No sé que fue exactamente ese día, no sé si sabíamos que todo iba a cambiar. Tal vez lo imaginamos, cuando horas antes nos habíamos abrazado con tristeza en tu colchón, escuchando la lluvia y esperando que Lisandro saliese de la ducha. Esos momentos quedan grabados para siempre, son como fotos en mi mente, al lado del paraguas naranja y los pulloveres a rayas.
Yo no te correspondí en ese momento. Tampoco hubiera querido que lo hicieras cuando era yo la que sentía tanto por vos: es que simplemente no podía. Las leyes de la moral me taladraban la mente, la fidelidad tan sagrada que me había impuesto no me permitía dar un paso hacia tu orilla. Yo ya tenía alguien a quien querer. Y vos ibas a tener a alguien en una semana apenas. Cosas de nuestra historia escrita con veinticinco biromes y letra cambiante, del cuento tejido con agujas de reloj roto.
Cuando me contaste que te habías enamorado, sufrí de impiadosos celos. La odié, sin conocerla. Era como si me quitasen algo que era mío. Siempre fui egoísta Pablo, perdoname. Vos no podías ser mío porque yo no dejaba que lo seas. Tenías todo el derecho a ser feliz con otra, a vivir tu vida con alguien mejor que yo, que te dé todo lo que yo no podía o no quería darte. Pero me dolía que todo pasara tan rápido. Que fuera tan fácil reemplazar mi nombre (común) por otro (no tan común).
En ese momento te perdí por primera vez. Frenamos esa historia que no tenía inicio aún, o que si lo tenía, solo nosotros comprendíamos.
A medida que crecía tu felicidad y enamoramiento por Berenice, yo seguía caminando por mi simple noviazgo con Daniel. Hasta que no pude caminar más porque él decidió dejarme. Una mujer nueva lo enloquecía, no quería traicionarme. Era mejor alejarse, para siempre.

Ahora la que se quedaba sola era yo. Vos cada día amabas más a Berenice y a todo su entorno. Y yo vivía y dormía preguntándome que hubiera pasado si las alas de nuestra mariposa hubieran aleteado en otro océano.
No sé si te quería conmigo por vos o por él. Porque sin duda a Daniel lo quería de vuelta. Y tanto lo quise, que regresó.
A partir de ahí, nuestra indefinible relación se normalizó. Vos con ella, yo con él. Él te odiaba, ella me quería aunque jamás lo decíamos, intuición femenina de las que algún día iban a desear el mismo premio. Nosotros, más amigos que nunca, compinches, riéndonos y compartiendo experiencias. Una confesión antes de que pasemos de párrafo, algunas noches pensaba en vos. Nunca dejé de preguntarme como habría sido nuestro devenir si las cosas no hubieran pasado como pasaron. Un beso más, un "no" menos. Cualquier cosa. ¿Hubiéramos sido felices? Me costaba verlos besarse, tal vez por tanto frasco enterrado en mi jardín. Me incomodaba. Sin embargo, me hacía feliz tu felicidad. Berenice era una buena chica, parecía tan contenta con vos. Incluso verlos peleados me molestaba. Siempre intenté que arreglasen sus diferencias. Es que yo en ese momento, más allá de esas noches en las que te recordaba, estaba feliz con Daniel. Por primera vez me sentía perfecta a su lado. Por fin podía verme con él para siempre.


En algún momento empecé a oler a crisis. Tuya y de Berenice. Ella me comentaba que no se sentía como antes, vos estabas raro. Por mi lado todo parecía inmejorable. Que ilusa, como pude creer que los cuentos de hadas eran verdaderos. Un par de malentendidos, mentiras blancas que se pusieron negras, Daniel y yo nos dijimos adiós.


Ya sabés esta parte de la historia Pablo, quise atacarte y después me eché atrás. Quise que fueras mío. Pero no como antes. El deseo sexual me carcomía, quería estar en tus brazos, que me hicieras cualquier cosa. Venganza, realmente venganza. Pero no pude, me topé de nuevo con Daniel una mañana en el banco, terminamos en un café y decidimos darnos otra chance. Siempre otra chance, siempre a lo seguro. Pero abrí la boca. Te dije lo que me había pasado en esos días. Me dijiste que vos también habías pasado por algo parecido. Todo mientras nos mirábamos, mientras querías besarme y yo me tiraba hacia atrás. Es que tenías dueña. Y tu dueña confiaba en mí. No puedo culparla, errores cometemos todos. Yo también había confiado en mí alguna vez, también me había decepcionado.


A partir de ahí todo fue tormenta. Desfasaje de nuevo, tus horas y las mías jamás coincidían. Vivíamos en husos horarios diferentes, océanos de por medio. Nos sentíamos tan cerca, jamás podíamos tocarnos. El clásico que siempre se repetía entre nosotros. De pronto mis negativas hacia vos, tu abandono repentino a Berenice. Nuestra tristeza esporádica, vos pidiéndome respuestas con tus ojos hermosos y yo preguntándome que tanto podríamos vivir antes de asesinarnos dolorosamente. Nos estábamos infectando. Sonreíamos cuando nos veíamos, hablábamos, reíamos. Pero en el aire siempre flotaba ese saber que, aunque yo lo negase, cada día pensábamos más en el otro. Empezamos a extrañarnos, a vernos más seguido. Simbiosis peligrosa, yo sabía que íbamos a terminar mal. O al menos en la misma cama.


Vos me contaste una noche que habías vuelto con Berenice. No lo sabés, supongo, pero un dejo de celos me invadió. Siempre lo mismo, dirás cuando te enteres de esto. Siempre lo mismo Pablo, pero no esperes más de mi. Pero bueno, otra chance de ser felices, tenían que aprovecharla. Mi felicidad mientras tanto se consumía entre las hornallas de la cocina y las hojas de los árboles.


Duraron poco. ¿Tres días, tal vez? No recuerdo exactamente. A partir de ahí comenzamos a arrastrarnos cuesta abajo. Hacia las fauces de nuestro cuerpo, hacia ese incontenible deseo de matarnos de placer. Cada día era un paso más, hacia mi boca, hacia tu cuerpo. Y la tercera fue la vencida, lograste que tirase por la borda mis leyes de moral. No pude luchar más contra tu imán. Nunca más logré oponerte resistencia. Cuanto odio te ganaste, odio desperdigado con nuestras ropas, por el suelo. Se lo confesé a Daniel, entre lágrimas y frutillas con crema del postre. Indignado, se fue sin decir palabra. Creí entonces que era definitivo, que mi vida con vos podría empezar en cualquier momento.


Pero me equivocaba. A oídos de Berenice había llegado el rumor de nuestros encuentros. Y a su vientre, había llegado tu hijo. Vos no sabías que hacer, yo sentía que todo había sido en vano.


Tu hijo nunca iba a nacer, en pocas semanas todo se tiñó de rojo de nuevo, un alma que se iba antes de ver la luz. Daniel tocaba mi puerta, su amor era más fuerte, el mío ya había muerto. Una nebulosa que no sé si fue de meses o semanas cubre esos instantes. Nada era lo mismo ya, el verdadero final afloró del suelo de una vez y para siempre.




Soledad, ahora compartida. Frente a frente, estábamos de nuevo, con lluvia y frío. Incluso el número podrá haber sido el mismo, pero por uno, solo por uno Pablo...


Recuerdo que me besaste, que nos besamos y lloré. Todo estaba tan fresco aún, nos concedimos un tiempo antes de atrevernos a tocarnos de nuevo. Alcanzó con dos días para que nos busquemos y nos encontremos otra vez.




Ya pasó un imprudente tiempo de todo esto. Ahora me estás contando sobre tu gata, mientras sigo escribiendo en mi bloc. Te respondo distraída. NO sabés que es lo que estoy escribiendo desde que nos sentamos a esperar, y aunque querés preguntarme, no te animás. Ayer en las noticias dijeron que no, este verano no se cambiaría de hora. ¿Te acordás? Siempre le echamos la culpa de nuestros problemas a ese desfasaje horario anual. Suena incluso cómico que este año no vaya a hacerse, porque nosotros le pegamos una buena patada al reloj. Solo hay algo que aún me asusta. No sé si te acordás de la tarotista esa, amiga mía. Bueno, una vez me dijo que vos y yo no podíamos estar juntos porque nuestra historia no tenía fin. Y la única manera de que las historias sean eternas, es que nunca lleguen a un punto en que las almas que le dan vida se encuentren. Deben andar sin tocarse, mirándose. Estar en andenes diferentes, uno irá en una dirección, el otro en la contraria. Porque si logran coincidir, pierde la esencia que les fue destinada.


Pero ¡ya pasó un imprudente tiempo!, y vos seguís tomándome la mano. Yo sigo despeinándote y quejándome de que no puedo dormir porque hace frío, calor o porque suena la alarma de los bomberos. No es que no pueda dormir, es que no quiero. Prefiero quedarme despierta para siempre, observándote.


Otra vez me alejé del tema central, la tarotista dijo eso y ella nunca se equivoca.


Me queda simplemente decirte adiós a vos también para no perderte otra vez y para siempre. Sufrir eternamente por lo que no tenemos antes que aburrirnos del día a día que podemos llegar a construir.




Aunque, claro. Quién dice que las cartas no puedan estar equivocadas, como se equivocaron los inviernos, los relojes y los meses. Tengo toda la vida para perderte. Pero solo en el hoy puedo tenerte y quererte.


Subamos al tren, dale, que por una vez vamos al mismo lugar. Y dejame contarte esta historia que ya viviste, otra vez, en el viaje mientras llueve.

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