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domingo, octubre 08, 2017

La casa de la ahorcada (completo)

Este cuento fue lo último que realmente escribí acá, o por lo menos el final de este cuento lo fue. Me llevó un año escribirlo, por entregas, como si quisiera prolongar algo, porque ya los últimos meses era mechar alguna entrada irrelevante en el medio para separar las entregas. Lo terminé cuando se me volvió loco el cuerpo, por ahí. Ahora lo recopilo todo, son cuatro páginas de word, lo posteo todo junto, lo releo y no lo corrijo porque ya está, porque es inconexo pero es el pegote de los veranos y la angustia. Y está bien. 

 

La casa de la ahorcada (2015)

Fall into you is all I seem to do / when I hit the bottle 'cause I'm afraid to be alone / 
Tear us in two is all it seems to do/
As the anger fades / this house is no longer a home
Placebo - Because I want you




El remisero parecía saber con exactitud donde era mi casa, lo sentí cuando le indiqué en qué cuadra y me dijo un "sí" automático. Supuse, adjudicándole un tono triste en la voz, la razón. Tenía cara de bueno, cuerpo gordo, formas amables de dirigirse en ese viaje de menos de cinco minutos. Y paró exactamente en la puerta. En la puerta de reja gris. Cuando abrí la reja, cuando la atravesé, dos cosas me impactaron profundamente de la noche calurosa, a pesar de mi cansancio: las cucarachas que corrían despavoridas por el ruido metálico de mis movimientos y el olor a basura que se extendía sobre todo el barrio e incluso más allá. Me detuve un rato, unos segundos, mirando fijamente a las cucarachas que habían salido del pasto, de los arbustos, del zócalo de la vereda. Su pavor, el calor, la voz triste del remisero, el olor penetrante y pegajoso de la basura me hacían pensar en cuerpos muertos y pudriéndose. Por eso la gente pide que la cremen.  Se percibía en el ambiente el desintegrarse lento de los tejidos, la sensación de hinchazón que dan los sonidos ensordecidos lejanos y lúgubres de los últimos servicios del San Martín. Nadie quería morirse y pasar a ser todo lo que pasaba esa noche de verano de cucarachas y basura acumulada. Nadie quería morirse y que luego al intentar recordarlo lo recordaran así. Yo no quería dormirme y soñar con mi cuerpo reventándose de a poco como un volcán de gusanos. Por eso me quedé despierta toda la noche.
Aproveché el insomnio a pesar de tener que trabajar al día siguiente y me senté frente a la computadora, a oscuras. La luz blanca del archivo de Word hacía que al mirar hacia los costados siguiera viendo el contorno de las letras del trabajo que había decidido redactar. Parte de la tesis de licenciatura que, si entregaba para marzo, daría como resultado el final de mi carrera. Ese era el verano que tenía por delante: leer, escribir, corregir, acciones repetidas cíclicamente hasta que por fin pusiera el punto final y mi directora de tesis me respondiera, dándome el día y el horario para que le diera el trabajo impreso. La idea de un verano enclaustrada, la expectativa de muchas noches más sentada así, como ahora, con una cerveza al lado y el monitor dejándome ciega no me parecían de lo más atractivas en principio. Pero al estar ahí empezaba a sentir una necesidad acelerada de escribir las ideas que había venido procesando, de redactar sin parar y sin pestañear, moviendo los pies al pensar cómo mejorar un párrafo e incluso parándome, en situaciones más extremas y girar alrededor de la silla. Imaginaba que eso debían sentir los cocainómacos al consumir y no parar en toda la noche. No sé, nunca probé cocaína, pero el cine me había hecho creer que era algo así. Para cuando salió el sol, alrededor de las cinco, me empezó a dar sueño. A las siete tenía que levantarme para ir al trabajo. no había avanzado más de una carilla. En realidad, ni siquiera media: mi actividad había sido tipear y borrar sistemáticamente. Dormí una hora y me desperté. Preparé un mate y salí al balcón, donde la gata había estado durmiendo. Volví a sentir, más tenue pero aún presente, el olor a basura. El calor ya era fuerte. Las cucarachas en el jardín de la calle desde arriba ya no se veían, por lo menos. Me acordé de cómo habían huído cuando abrí la reja, como si las hubiera descubierto in fraganti. Así nos vestíamos con una velocidad impensada y agarrábamos cualquier cosa que estuviera en la pieza para disimular, de adolescentes, cuando estábamos cojiendo por las tardes después del colegio y escuchábamos que se abría una puerta que anunciaba la llegada de un adulto. Así de rápido las mecheras se guardan un par de zoquetes en la cartera.
Lo prohibido desencadena era rapidez, pero al mismo tiempo y de igual manera las invasiones Porque es así también que suben los gatos a los techos cuando alguien invade su espacio. Si la noche anterior no paraba de pensar en la muerte cuando llegué a mi casa y presencié ese panorama en descomposición, las cucarachas huían porque yo las invadía. Porque yo podía pisarlas. Yo podía matarlas. Tenía el ejercicio del poder.
Estaba pensando en todo eso cuando me llegó un mensaje de texto al teléfono. La oficina estaba sin luz. Otra vez, otro verano en que pasaba lo mismo. No teníamos que ir a trabajar.
Podía dedicar todo el día  a escribir la tesis y me lo puse en mente aunque, sabía, no iba a hacerlo.  Como estaba despierta y ya sin sueño, salí a caminar antes.
Cuando pasé por la casa de la ahorcada, me detuve a mirarla con cierta sorpresa. No estaba como la recordaba. Yo, que pasaba todos los días por ahí, hacía tiempo que no paraba a mirarla y ahora me resultaba muy distinta a lo que creía ver todos los días. Ya no estaba el alambrado que dejaba ver el terreno enorme de esa esquina. Ya no estaba el árbol anormalmente gigantesco al fondo, hacia el lado de la casa. El árbol donde, decían, había aparecido una tarde a la hora de la merienda la ahorcada colgada.
La casa de la ahorcada me hacía acordar a la mansión que había aparecido frente a mis ojos una mañana de agosto, un lunes, cuando venía de pagar los impuestos. Venía caminando por una calle que resultaba ser el camino más corto a mi casa pero también el camino más cargado de recuerdos y cuando estaba por cruzar hacia la manzana que resumía gran parte de mi adolescencia y del final de ella, noté que en el terreno que recordaba vacío había una mansión enorme y por sobre todas las cosas, antigua. Me congelé, fue como si ese caserón hubiera crecido ahí mismo mientras miraba. Crucé a la esquina de en frente y me senté en el cantero en donde me sentaba a los diecisiete años hasta que nadie pasara para esconderme en el estacionamiento. Ahora lo hice para mirar, no sin cierto horror, esa casa. Estaba en refacción y por un momento pensé que quizás la estaban construyendo, quizás no había estado siempre, quizás todos esos años que anduve furtivamente por ese barrio, tantas tardes, tal vez realmente no estaba. Pero el hierro de los balcones, las persianas verdes, su arquitectura, cierto desgaste en la vegetación del terreno, me convencieron de que no podía ser algo nuevo.Y sin embargo la sorpresa que me había causado verla ahí, a mí que siempre miro esas cosas -las abandonadas, las derruídas, las viejas- me me daban la pauta de que había algo más. Todo ese universo había cambiado. Me recordaba haciendo ese camino los lunes del último año de la secundaria, en otoño, en invierno, hasta que en agosto se terminaron y solo volvió a darse una vez más a principios de noviembre, por causas fúnebres. Tenía presente la ansiedad, la tensión sexual, los dobles sentidos, la fingida inocencia. Podía ver como todo eso brotaba de los arbustos y de los grafittis de los edificios todos iguales de ese barrio. Pero esa casa no estaba ahí. Esa mansión que me embrujaba nunca había estado. Entre tanta perplejidad imaginé que se trataba del lugar donde todos mis fantasmas -esos fantasmas tristes e inalcanzables, recluídos para siempre en un tiempo muy antiguo- habían ido a hacer morada. Las ventanas y los árboles  de ese departamento; el olor a pis del estacionamiento. Ya nadie vivía ahí, ya ningún amor de esos sobrevivía como tal, el estacionamiento estaba limpio, blanco, enrejado, la ventana ya no tenía las cortinas y estaba cerrada. Yo estaba transitando una reminiscencia ya inexistente y la mansión me decía que el mundo era otro, que la fantasía era la mía y que ella había estado siempre ahí, solo que yo no había estado nunca, realmente en ese lugar.
El terreno de la casa de la ahoracada tenía también ese poder sorpresivo, esa fuerza de la sospecha de lo que en realidad no es, o no era, o no está como lo recordábamos y quizás nunca lo estuvo. No sé si la ahorcada alguna vez imaginó que al matarse iba a dejar hablando al barrio durante dos décadas de ella, de su muerte.
Creo que se llamaba Graciela, la ahorcada. Ya no me acuerdo cuándo se ahorcó, es posible que haya sido un par de años antes de que yo naciera o un par de años después, pero no mucho más ni mucho menos. Desde chica que escucho su historia, aunque a medida que fue pasando el tiempo la historia fue dejándose de contar y solo persistió el nombre para su esquina, para su casa que, de alguna manera, era lo que había quedado de ella después de muerta, el reemplazo de su verdadera identidad -que al fin y al cabo ni siquiera recuerdo con exactitud- por la forma de su muerte.
La esquina de la casa de la ahorcada sigue siendo el baldío que era cuando me empezaron a contar el relato. Donde antes había un alambrado, ahora había una pared baja, pintada por los niños del jardín de infantes cercano con murales por la no discriminación, el respeto a la diversidad, todo en muchos colores y con cierta desprolijidad típica -y aceptable- de los nenes chiquitos. El lateral del terreno tiene la pared un tanto derrumbada y desde ahí se puede seguir viendo el interior. No hay nada. Ni basura, ni cacharros, ni plantas, ni arbustos, ni el arbol de donde se colgó Graciela. El pasto cuidado daba la sensación de que alguien todavía se preocupaba por mantener ese lugar. Sabíamos que después de la muerte de la ahorcada y de las tragedias que se desencadenaron en esa familia (que no fueron más que otras muertes, sucesivas en lo inmediato; es decir: las tragedias que siempre golpean repentinamente a las familias) la casa estuvo abandonada durante mucho tiempo o por lo menos durante unos años y que luego alguien fue a vivir allí, pero nunca tuvo cartel de venta ni de alquiler y hasta se rumoreaba que estaba ocupada.
Las tragedias de la familia de la ahorcada son tan difusas a nivel certezas como su nombre y como los actuales habitantes de la casa y como mis recuerdos acerca de ese predio. A esta altura de los años debo ser la única a la que se le ocurre pensar en ello y me gustaría preguntarle a mi madre, a mi abuela, si lo que quedó en mi memoria de esa repetitiva historia es algo real o no pero dudo que incluso ellas lo sepan.
Estaba por llamar a alguna de las dos por teléfono cuando comprendí la fecha que era. Me corrió un escalofrío pues comprendí que como yo sostenía mis recuerdos sobre la casa de la ahorcada en otros recuerdos y en otros recuerdos que llevaban a nada, también sostenía los recuerdos de esa fecha particular sobre instantes que ya dudaba que hubieran sucedido. Las maldiciones y los monstruos se parecen mucho, porque viven de la superstición, de la palabra que rueda y se transmite deformada y de los rituales naturalizados.
Volví a ver las cucarachas saliendo por entre las plantas de hacía unas noches. El calor y el olor a la basura. Y la fecha que era. Puse música y subí el volumen. No quería que los pensamientos -autodestructivos pero no como los de Graciela- me movilizaran de nuevo hacia el teléfono para llamar no a mi madre ni a mi abuela sino a otra persona. A la persona de esa fecha, de esos recuerdos, de esas monstruosidades adictivas.
Pero el teléfono sonó igual. No el de mi casa sino el celular.
Horas más tarde estaba en la semioscuridad de un cuarto, apenas interrumpida por la luz a través de las persianas bajas, relatándole a un hombre semidesnudo, apenas interrumpido por unas bermudas desabrochadas, un sueño en el que casi teníamos sexo violento en un ascensor pero llegábamos antes a destino. Cuando terminé de hablar puso sus manos sobre mi cuello y me preguntó si eso era realmente lo que me gustaba. Si eso era realmente lo que quería. Yo no tenía que estar ahí. Yo no quería estar ahí. Pero tampoco quería no estar. Dejé deslizar uno de mis brazos al costado de la cama y al tocar el piso sentí un cosquilleo repentino, como de arañas pasándome por los lados. Seguía haciendo el calor húmedo y asfixiante que venía soportando hacía días. Se sentía como confusión, como deseo, como venganza pero más que nada, como la fuerza opresiva del desgarro emocional.  Entonces suavemente saqué las manos del hombre de mi cuello y le pregunté si conocía la historia de la casa de la ahorcada.
El hombre me miró con rabia. No quería escuchar una historia sobre ahorcadas. No después de que le hubiera contado mi sueño. No después de que hubiera ido a su casa, hubiéramos tomado juntos, nos hubiéramos acostado semidesnudos en la semioscuridad. No quería seguir escuchando mis cuentos, mis historias que siempre terminaban ahí, en las palabras. Me puso de nuevo las manos en el cuello, con más violencia y me dijo que estaba cansado de mis vueltas. Que esta vez se iba a hacer lo que él quería. Ya no podía hablar, yo, con la presión sobre mi garganta. Me dio vuelta agresivamente y sosteniendo con una mano mi nuca contra el colchón y con una rodilla sobre la espalda, tomó una sábana que había quedado desparramada por el suelo y soltándome la nuca pero aún aplastando mi cuerpo, la usó para atarme las manos.  Volvió a presionar mi cabeza contra la cama: era la única forma de que parara de gritar.
A pesar de que intentara moverme, de que intentara zafarme de su peso, no podía lograrlo. Él se estaba terminando de sacar la ropa y no dejaba de murmurar que ahora se iba a hacer lo que él quería. Con fuertes rodillazos me abrió las piernas. Yo solo podía llorar y mis lágrimas se mezclaban con la transpiración y la humedad del ambiente. Tenía su pija a centímetros de mi cuerpo cuando las arañas que habían salido de abajo de la cama comenzaron a subir por su cuerpo y por la ventana entreabierta empezaron a entrar cucarachas voladoras de todos los tamaños, mezcladas con el olor a basura que reinaba desde hacía días, que volaban alrededor de él y se posaban en toda su superficie.  Desesperado intentaba sacarse los bichos de encima y perdió el equilibrio, cayendo hacia un costado. Rodé por el colchón y forcejeé unos segundos hasta que logré zafar la sábana que me inmovilizaba las manos. El hombre estaba cubierto de bichos que lo picaban la pija, le caminaban por encima, le entraban en la boca cuando gritaba, en las fosas de la nariz. Con una velocidad que aún me sorprende, tomé mi poca ropa y corrí aún desnuda hacia el comedor, en donde había dejado la cartera. Logré salir del departamento y corrí en bombacha y corpiño dos cuadras, hasta que logré calmarme, vestirme.
En la calle no había nadie, solo se escuchaba lejana la sirena de los bomberos
A la ahorcada la encontraron cuando vieron que del terreno salían despavoridas en manada, las cucarachas. El cuerpo estaba ya hinchado y el olor de su descomposición tardó de irse del barrio. Estaba colgada del árbol con una sábana, como se suicidan los presos. Hay quien dice que a pesar del estado, en su cara se percibía una mueca relajada. Casi una sonrisa.
hace unas semanas me vengo preguntando si no será tiempo de volver (vamos a volver, etc) a este lugar que es como un cementerio abandonado, pero más que volver acá, a este lugar con restos de todo un poco, sería volver a.

Porque ya que menciono locaciones, pensé en volver a escribir sobre alguna locación en la que transité mucho y que siempre tuve pendiente. También a escribir las cartas que quedan en borradores, en esa carpetita especial que tengo para eso y que creo, no actualizo hace bastante más tiempo que este licuadodepavadas alguna vez también llamado locasosvos.

Todo porque volví a leer un blog que leía hace cinco, seis, siete años, pero ahora en formato libro. O porque me devoré un libro de no ficción que comparte autor con otro que reseñé (y esa reseña publiqué acá antes que en cualquier lugar) aceleradísima hace un montón de años.

Después me acuerdo que sé bien por qué el silencio y que quizás el tiempo que me llevó aceptar el por qué fue el tiempo en que seguí publicando pelotudeces, a veces menos sentidas que otras. Y que mientras tanto, los resabios.

Este cementerio tiene 11 años. Y un domingo a la noche me veo escarbando en él.

martes, noviembre 22, 2016

22

vivimos, nos morimos,
en algún lugar existimos
pero al fin y al cabo
el tiempo
y todo el resto
pero el tiempo
por sobre todas las cosas




lunes, noviembre 07, 2016

Acuario

el edificio era azul o celeste o verde como abajo del mar o como si las paredes fueran de peceras y todo fuera un gran acuario. Gigantesco. El edificio es gigantesco, sí. Estabas adentro de mi casa pero también al final del pasillo, una especie de perseguidor, de sombra, de fantasma. Como atravesado por agua, como abajo del mar. Y yo me enojaba.

jueves, julio 28, 2016

Agujeros

Me desperté a las 4 de la mañana y había alguien que había trepado hasta el sexto piso, por el pulmón del edificio y había empezado a escarbar con sus uñas en la pared, haciendo un agujero para entrar a mi pieza.
No sé quién era, no sé qué era, tenía una capa negra con capucha.
Corrí hacia el comedor y empecé a llamar por teléfono a quien sea para que alguien viniera a salvarme de eso que me amenazaba con no sé qué cosa y que venía por mí.
La noche entraba por el agujero de la pared, por las ventanas y yo solo quería escaparme.

lunes, julio 25, 2016

El otro ambiente

Era mi departamento y estaba por amanecer. El pasillo que divide la pieza del comedor  era largo más largo de lo que recordaba y había un placard empotrado en él. Al abrirlo, adentro encontraba otra puerta corrediza que, al correrla, permitía el ingreso a un tercer ambiente. Era una habitación devenida en galpón, abandonada y bastante tenebrosa. No entendía como estaba eso ahi sin que nadie me avisara, revisaba el contrato de alquiler y no se la nombraba. Pensaba que quizás los dueños, al ser propietarios nuevos (habían comprado el departamento hacía tres años) y al nunca haber habitado en él no lo habían descubierto. Supuse también que la inquilina anterior habia preferido guardar el secreto. En simultáneo sucedía una fiesta en el piso de abajo, una especie de  aquelarre de drogas. A medida que amanecía yo les permitía continuar la fiesta en mi comedor. El problema es que luego no se iban por más que quisiera echarlos y  rompían mis cosas y ensuciaban la casa. Aún así me preocupaba más la habitación secreta, entraba, tomaba cosas (había latas) pero me daba algo de miedo sacarlo de ahí. Sentía presencias raras, como si fueran muertos, invadiendo mi casa desde el momento en que había abierto la habitación. Intentaba llamar a mi padre para que me ayudara a echar a los invitados de la fiesta que ya para ese momento usurpaban el departamento pero no me podía comunicar. Me sentía atontada, como drogada y muy angustiada. Y nunca terminaba de amanecer.

domingo, diciembre 06, 2015

La casa de la ahorcada V (fin)

El hombre me miró con rabia. No quería escuchar una historia sobre ahorcadas. No después de que le hubiera contado mi sueño. No después de que hubiera ido a su casa, hubiéramos tomado juntos, nos hubiéramos acostado semidesnudos en la semioscuridad. No quería seguir escuchando mis cuentos, mis historias que siempre terminaban ahí, en las palabras. Me puso de nuevo las manos en el cuello, con más violencia y me dijo que estaba cansado de mis vueltas. Que esta vez se iba a hacer lo que él quería. Ya no podía hablar, yo, con la presión sobre mi garganta. Me dio vuelta agresivamente y sosteniendo con una mano mi nuca contra el colchón y con una rodilla sobre la espalda, tomó una sábana que había quedado desparramada por el suelo y soltándome la nuca pero aún aplastando mi cuerpo, la usó para atarme las manos.  Volvió a presionar mi cabeza contra la cama: era la única forma de que parara de gritar.
A pesar de que intentara moverme, de que intentara zafarme de su peso, no podía lograrlo. Él se estaba terminando de sacar la ropa y no dejaba de murmurar que ahora se iba a hacer lo que él quería. Con fuertes rodillazos me abrió las piernas. Yo solo podía llorar y mis lágrimas se mezclaban con la transpiración y la humedad del ambiente. Tenía su pija a centímetros de mi cuerpo cuando las arañas que habían salido de abajo de la cama comenzaron a subir por su cuerpo y por la ventana entreabierta empezaron a entrar cucarachas voladoras de todos los tamaños, mezcladas con el olor a basura que reinaba desde hacía días, que volaban alrededor de él y se posaban en toda su superficie.  Desesperado intentaba sacarse los bichos de encima y perdió el equilibrio, cayendo hacia un costado. Rodé por el colchón y forcejeé unos segundos hasta que logré zafar la sábana que me inmovilizaba las manos. El hombre estaba cubierto de bichos que lo picaban la pija, le caminaban por encima, le entraban en la boca cuando gritaba, en las fosas de la nariz. Con una velocidad que aún me sorprende, tomé mi poca ropa y corrí aún desnuda hacia el comedor, en donde había dejado la cartera. Logré salir del departamento y corrí en bombacha y corpiño dos cuadras, hasta que logré calmarme, vestirme.
En la calle no había nadie, solo se escuchaba lejana la sirena de los bomberos.


A la ahorcada la encontraron cuando vieron que del terreno salían despavoridas en manada, las cucarachas. El cuerpo estaba ya hinchado y el olor de su descomposición tardó de irse del barrio. Estaba colgada del árbol con una sábana, como se suicidan los presos. Hay quien dice que a pesar del estado, en su cara se percibía una mueca relajada. Casi una sonrisa.