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martes, noviembre 22, 2016

22

vivimos, nos morimos,
en algún lugar existimos
pero al fin y al cabo
el tiempo
y todo el resto
pero el tiempo
por sobre todas las cosas




lunes, noviembre 07, 2016

Acuario

el edificio era azul o celeste o verde como abajo del mar o como si las paredes fueran de peceras y todo fuera un gran acuario. Gigantesco. El edificio es gigantesco, sí. Estabas adentro de mi casa pero también al final del pasillo, una especie de perseguidor, de sombra, de fantasma. Como atravesado por agua, como abajo del mar. Y yo me enojaba.

jueves, julio 28, 2016

Agujeros

Me desperté a las 4 de la mañana y había alguien que había trepado hasta el sexto piso, por el pulmón del edificio y había empezado a escarbar con sus uñas en la pared, haciendo un agujero para entrar a mi pieza.
No sé quién era, no sé qué era, tenía una capa negra con capucha.
Corrí hacia el comedor y empecé a llamar por teléfono a quien sea para que alguien viniera a salvarme de eso que me amenazaba con no sé qué cosa y que venía por mí.
La noche entraba por el agujero de la pared, por las ventanas y yo solo quería escaparme.

lunes, julio 25, 2016

El otro ambiente

Era mi departamento y estaba por amanecer. El pasillo que divide la pieza del comedor  era largo más largo de lo que recordaba y había un placard empotrado en él. Al abrirlo, adentro encontraba otra puerta corrediza que, al correrla, permitía el ingreso a un tercer ambiente. Era una habitación devenida en galpón, abandonada y bastante tenebrosa. No entendía como estaba eso ahi sin que nadie me avisara, revisaba el contrato de alquiler y no se la nombraba. Pensaba que quizás los dueños, al ser propietarios nuevos (habían comprado el departamento hacía tres años) y al nunca haber habitado en él no lo habían descubierto. Supuse también que la inquilina anterior habia preferido guardar el secreto. En simultáneo sucedía una fiesta en el piso de abajo, una especie de  aquelarre de drogas. A medida que amanecía yo les permitía continuar la fiesta en mi comedor. El problema es que luego no se iban por más que quisiera echarlos y  rompían mis cosas y ensuciaban la casa. Aún así me preocupaba más la habitación secreta, entraba, tomaba cosas (había latas) pero me daba algo de miedo sacarlo de ahí. Sentía presencias raras, como si fueran muertos, invadiendo mi casa desde el momento en que había abierto la habitación. Intentaba llamar a mi padre para que me ayudara a echar a los invitados de la fiesta que ya para ese momento usurpaban el departamento pero no me podía comunicar. Me sentía atontada, como drogada y muy angustiada. Y nunca terminaba de amanecer.

domingo, diciembre 06, 2015

La casa de la ahorcada V (fin)

El hombre me miró con rabia. No quería escuchar una historia sobre ahorcadas. No después de que le hubiera contado mi sueño. No después de que hubiera ido a su casa, hubiéramos tomado juntos, nos hubiéramos acostado semidesnudos en la semioscuridad. No quería seguir escuchando mis cuentos, mis historias que siempre terminaban ahí, en las palabras. Me puso de nuevo las manos en el cuello, con más violencia y me dijo que estaba cansado de mis vueltas. Que esta vez se iba a hacer lo que él quería. Ya no podía hablar, yo, con la presión sobre mi garganta. Me dio vuelta agresivamente y sosteniendo con una mano mi nuca contra el colchón y con una rodilla sobre la espalda, tomó una sábana que había quedado desparramada por el suelo y soltándome la nuca pero aún aplastando mi cuerpo, la usó para atarme las manos.  Volvió a presionar mi cabeza contra la cama: era la única forma de que parara de gritar.
A pesar de que intentara moverme, de que intentara zafarme de su peso, no podía lograrlo. Él se estaba terminando de sacar la ropa y no dejaba de murmurar que ahora se iba a hacer lo que él quería. Con fuertes rodillazos me abrió las piernas. Yo solo podía llorar y mis lágrimas se mezclaban con la transpiración y la humedad del ambiente. Tenía su pija a centímetros de mi cuerpo cuando las arañas que habían salido de abajo de la cama comenzaron a subir por su cuerpo y por la ventana entreabierta empezaron a entrar cucarachas voladoras de todos los tamaños, mezcladas con el olor a basura que reinaba desde hacía días, que volaban alrededor de él y se posaban en toda su superficie.  Desesperado intentaba sacarse los bichos de encima y perdió el equilibrio, cayendo hacia un costado. Rodé por el colchón y forcejeé unos segundos hasta que logré zafar la sábana que me inmovilizaba las manos. El hombre estaba cubierto de bichos que lo picaban la pija, le caminaban por encima, le entraban en la boca cuando gritaba, en las fosas de la nariz. Con una velocidad que aún me sorprende, tomé mi poca ropa y corrí aún desnuda hacia el comedor, en donde había dejado la cartera. Logré salir del departamento y corrí en bombacha y corpiño dos cuadras, hasta que logré calmarme, vestirme.
En la calle no había nadie, solo se escuchaba lejana la sirena de los bomberos.


A la ahorcada la encontraron cuando vieron que del terreno salían despavoridas en manada, las cucarachas. El cuerpo estaba ya hinchado y el olor de su descomposición tardó de irse del barrio. Estaba colgada del árbol con una sábana, como se suicidan los presos. Hay quien dice que a pesar del estado, en su cara se percibía una mueca relajada. Casi una sonrisa.

jueves, octubre 15, 2015

La casa de la ahorcada IV

Creo que se llamaba Graciela, la ahorcada. Ya no me acuerdo cuándo se ahorcó, es posible que haya sido un par de años antes de que yo naciera o un par de años después, pero no mucho más ni mucho menos. Desde chica que escucho su historia, aunque a medida que fue pasando el tiempo la historia fue dejándose de contar y solo persistió el nombre para su esquina, para su casa que, de alguna manera, era lo que había quedado de ella después de muerta, el reemplazo de su verdadera identidad -que al fin y al cabo ni siquiera recuerdo con exactitud- por la forma de su muerte.
La esquina de la casa de la ahorcada sigue siendo el baldío que era cuando me empezaron a contar el relato. Donde antes había un alambrado, ahora había una pared baja, pintada por los niños del jardín de infantes cercano con murales por la no discriminación, el respeto a la diversidad, todo en muchos colores y con cierta desprolijidad típica -y aceptable- de los nenes chiquitos. El lateral del terreno tiene la pared un tanto derrumbada y desde ahí se puede seguir viendo el interior. No hay nada. Ni basura, ni cacharros, ni plantas, ni arbustos, ni el arbol de donde se colgó Graciela. El pasto cuidado daba la sensación de que alguien todavía se preocupaba por mantener ese lugar. Sabíamos que después de la muerte de la ahorcada y de las tragedias que se desencadenaron en esa familia (que no fueron más que otras muertes, sucesivas en lo inmediato; es decir: las tragedias que siempre golpean repentinamente a las familias) la casa estuvo abandonada durante mucho tiempo o por lo menos durante unos años y que luego alguien fue a vivir allí, pero nunca tuvo cartel de venta ni de alquiler y hasta se rumoreaba que estaba ocupada.
Las tragedias de la familia de la ahorcada son tan difusas a nivel certezas como su nombre y como los actuales habitantes de la casa y como mis recuerdos acerca de ese predio. A esta altura de los años debo ser la única a la que se le ocurre pensar en ello y me gustaría preguntarle a mi madre, a mi abuela, si lo que quedó en mi memoria de esa repetitiva historia es algo real o no pero dudo que incluso ellas lo sepan.
Estaba por llamar a alguna de las dos por teléfono cuando comprendí la fecha que era. Me corrió un escalofrío pues comprendí que como yo sostenía mis recuerdos sobre la casa de la ahoracada en otros recuerdos y en otros recuerdos que llevaban a nada, también sostenía los recuerdos de esa fecha particular sobre instantes que ya dudaba que hubieran sucedido. Las maldiciones y los monstruos se parecen mucho, porque viven de la superstición, de la palabra que rueda y se transmite deformada y de los rituales naturalizados.
Volví a ver las cucarachas saliendo por entre las plantas de hacía unas noches. El calor y el olor a la basura. Y la fecha que era. Puse música y subí el volumen. No quería que los pensamientos -autodestructivos pero no como los de Graciela- me movilizaran de nuevo hacia el teléfono para llamar no a mi madre ni a mi abuela sino a otra persona. A la persona de esa fecha, de esos recuerdos, de esas monstruosidades adictivas.
Pero el teléfono sonó igual. No el de mi casa sino el celular.


Horas más tarde estaba en la semioscuridad de un cuarto, apenas interrumpida por la luz a través de las persianas bajas, relatandole a un hombre semidesnudo, apenas interrumpido por unas bermudas desabrochadas, un sueño en el que casi teníamos sexo violento en un ascensor pero llegábamos antes a destino. Cuando terminé de hablar puso sus manos sobre mi cuello y me preguntó si eso era realmente lo que me gustaba. Si eso era realmente lo que quería. Yo no tenía que estar ahí. Yo no quería estar ahí. Pero tampoco quería no estar. Dejé deslizar uno de mis brazos al costado de la cama y al tocar el piso sentí un cosquilleo repentino, como de arañas pasándome por los lados. Seguía haciendo el calor húmedo y asfixiante que venía soportando hacía días. Se sentía como confusión, como deseo, como venganza pero más que nada, como la fuerza opresiva del desgarro emocional.  Entonces suavemente saqué las manos del hombre de mi cuello y le pregunté si conocía la historia de la casa de la ahorcada.